¡Un verdadero monstruo suelto en las aulas de clase! Lo que debía ser un santuario de aprendizaje y seguridad para los niños, se convirtió en una auténtica sucursal del infierno gracias a las aberrantes acciones de un individuo que manchó para siempre la labor docente. La justicia por fin acorraló a Libar Ropero Mandón, un profesor rural que acaba de recibir una aplastante y nueva condena por someter a abusos sexuales a más de doce niñas en el departamento del Putumayo.
El falso maestro de ética y su reino de terror
La indignación es absoluta. Lo más macabro de este caso es el perfil del agresor: ¡el sujeto ostentaba el título de licenciado en Ciencias Religiosas y, paradójicamente, era especialista en Ética y Pedagogía! Escudado en esta falsa imagen de rectitud, el docente aprovechaba su figura de autoridad en una escuela de la vereda Nueva Granada, en Puerto Asís, para quedarse a solas con sus pequeñas víctimas, cuyas edades apenas oscilaban entre los seis y los doce años.
El expediente revelado por la Fiscalía es estremecedor y detalla cómo operaba esta red de terror psicológico y físico que se extendió durante casi tres años. El depredador no solo violaba y realizaba tocamientos a las menores, sino que estructuró un perverso sistema de sobornos y castigos. Las niñas eran silenciadas con puñados de dinero o con la promesa de recibir las respuestas de las evaluaciones, pero si mostraban resistencia o amagaban con denunciar, la amenaza era letal: las destruiría académicamente poniéndoles las peores calificaciones.
Un infierno de impunidad y el peso de la ley
Cuando el asqueroso secreto estalló en la comunidad, el cobarde sujeto huyó como un delincuente, obligando a las autoridades a incluirlo en la lista de los criminales más buscados de la región con una jugosa recompensa por su cabeza. Mientras el monstruo se escondía, las familias de las víctimas vivían un calvario de revictimización, al punto que algunas tuvieron que desplazarse y huir hacia el Ecuador para escapar de los crueles cuestionamientos locales.
Hoy, la impunidad empieza a resquebrajarse. Tras una primera sentencia de diecisiete años, la justicia ha asestado un nuevo y demoledor golpe: una condena adicional de veinticinco años de prisión. Un fiscal del Centro de Atención Integral a Víctimas de Abuso Sexual logró demostrar, sin dejar margen de duda, la responsabilidad del docente en los graves delitos de acceso carnal violento y acto sexual abusivo. ¡Un depredador que pasará el resto de sus días pudriéndose en una celda, donde nunca más podrá tocar a una menor de edad!