En las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde el café se cultiva entre neblina, tradición y esfuerzo familiar, un proyecto del gobierno nacional promete mejorar las condiciones de vida de decenas de campesinos. Con una inversión superior a los 1.500 millones de pesos, 96 familias cafeteras de Pueblo Bello, Cesar, recibieron herramientas, asistencia técnica e insumos para fortalecer su producción.
El programa, liderado por la Agencia de Renovación del Territorio (ART) en convenio con la FAO, fue clausurado oficialmente en la sede de la Alcaldía municipal. Pero más allá del acto protocolario, lo que queda en el territorio es la expectativa de que este impulso se traduzca en ingresos estables y oportunidades reales para las comunidades.
En veredas como Costa Rica I y II, Nuevo Horizonte, El Cairo o Casa de Zinc, los caficultores ya empezaron a ver cambios. Herramientas como guadañas y acompañamiento técnico permiten mejorar la limpieza de los cultivos, renovar prácticas agrícolas y, en algunos casos, proyectar un aumento en la producción.

Productores como Pablo Arias y Ramón Eduardo Muñoz coinciden en que los nuevos insumos facilitan el trabajo diario y pueden traducirse en más sacos de café por cosecha. Algunos estiman que podrían incrementar su producción en al menos 40 sacos adicionales, lo que representa una mejora significativa en sus ingresos.
También líderes de comunidades indígenas, como el cabildo kankuamo Analdo Bolaños, han destacado el impacto del proyecto y la articulación entre instituciones y organizaciones campesinas.
Uno de los aspectos que resaltan las entidades ejecutoras es el enfoque social del proyecto. Las familias beneficiarias pertenecen a asociaciones como Asoanei, Asoprocae y Asovucam, lo que fortalece el trabajo colectivo y la comercialización conjunta.
Además, se incluyeron comunidades indígenas, mujeres rurales y población víctima del conflicto, buscando que el desarrollo cafetero tenga un componente de inclusión y equidad.
Desde la ART se insiste en que el objetivo no es solo producir más café, sino avanzar hacia cafés diferenciados, prácticas agroecológicas y el fortalecimiento de la identidad campesina y étnica de la región.
Sin embargo, como suele ocurrir en proyectos rurales, el verdadero desafío empieza después de la clausura. Si bien los caficultores ahora cuentan con mejores herramientas, aún enfrentan dificultades estructurales, tales como precios variables del café, costos de transporte, acceso limitado a mercados y falta de infraestructura vial.
Algunos productores señalan que el acompañamiento técnico debe mantenerse en el tiempo y no quedarse solo en la fase inicial. También piden apoyo para la comercialización directa, que les permita obtener mejores precios y evitar intermediarios.
Otro punto clave será garantizar la continuidad de este tipo de programas, ya que el fortalecimiento del sector cafetero requiere procesos de mediano y largo plazo.

El éxito del proyecto no se medirá solo en la entrega de herramientas o en la cantidad de familias beneficiadas. Se medirá en la capacidad de esas familias para mantener y mejorar sus ingresos, en la permanencia de los jóvenes en el campo y en la consolidación de un café con identidad propia que logre posicionarse en los mercados.
El proyecto le dará nuevas posibilidades para que Pueblo Bello continúe posicionándose como un referente de café con enfoque étnico-campesino, construido desde la participación, la organización comunitaria y el amor por la tierra. Lo sembrado hoy seguirá dando frutos en bienestar, autonomía y futuro para las generaciones que vienen.
Por ahora, en las laderas de la Sierra Nevada, el aroma del café en Pueblo Bello huele a esperanza. La tarea pendiente es que esa esperanza se convierta en estabilidad y bienestar duradero para quienes viven de la tierra.
