miércoles, abril 8, 2026
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El alto precio de la confianza: La alarmante radiografía del fracaso de la ‘Paz Total’

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Un panorama preocupante sacude al país y pone en jaque la estrategia de seguridad nacional. Una reciente investigación revela que la ambiciosa apuesta del Gobierno Nacional por silenciar los fusiles se está desmoronando, dejando tras de sí un saldo rojo que afecta directamente la tranquilidad de los colombianos. Las cifras son contundentes y dolorosas: cuatro de cada diez cabecillas y representantes de grupos armados a los que se les suspendieron las órdenes de captura, decidieron darle la espalda a los acuerdos y retomar sus actividades criminales.

Un salvoconducto para fortalecer el crimen

El beneficio otorgado por la Casa de Nariño, pensado inicialmente como un gesto de buena voluntad para avanzar en las mesas de diálogo, terminó convirtiéndose en una especie de pasaporte a la impunidad. De las más de 200 órdenes de captura congeladas para miembros del ELN, las disidencias de las Farc y diversas bandas urbanas, cerca del 40 % tuvieron que ser reactivadas por la Fiscalía.

Lejos de mostrar un compromiso real con la pacificación del país, muchos de estos delincuentes aprovecharon esta gabela judicial para expandir sus territorios de operación, aumentar el reclutamiento de menores e intensificar delitos como la extorsión y el narcotráfico. En zonas rurales y cascos urbanos, el alivio prometido nunca llegó; por el contrario, los ciudadanos quedaron bajo el control fortalecido de estructuras armadas que usaron la tregua para rearmarse.

El millonario costo de una paz esquiva

A la crisis de orden público se suma un gigantesco interrogante financiero. Los reportes indican que se han invertido más de 100.000 millones de pesos provenientes de fondos estatales para sostener estos acercamientos. Estos millonarios recursos, destinados a cubrir esquemas de protección, viáticos, transporte aéreo y honorarios de los negociadores de los grupos armados, hoy generan profunda indignación.

Mientras mesas de diálogo como la del ELN se encuentran paralizadas tras la ola de violencia desatada en regiones como el Catatumbo, y facciones disidentes siembran el terror con tácticas cada vez más peligrosas —incluyendo el uso de drones con explosivos—, expertos y ciudadanos se preguntan si el Estado pecó de ingenuo al entregar dinero y beneficios sin exigir verdaderas muestras de desarme.

¿Se agotó la paciencia del país?

El clamor en las calles refleja una profunda sensación de engaño. Para las víctimas de la violencia y la ciudadanía que madruga a trabajar, resulta incomprensible ver cómo líderes criminales con historiales aterradores se movilizan con total tranquilidad e, incluso, bajo la protección de vehículos del Estado, mientras continúan ordenando ataques contra la Policía, el Ejército y los líderes sociales.

El desafío que enfrenta ahora el Gobierno es monumental: recuperar el control territorial y replantear de fondo una estrategia que, hasta el momento, parece haber premiado a quienes más daño le hacen a la nación. La credibilidad de la tan anhelada ‘Paz Total’ pende de un hilo, y el país exige acciones contundentes que garanticen verdadera justicia y no más promesas vacías.

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