Un número importante de personas mayores y jóvenes, hombres y mujeres, cargan sobre sus hombros historias de pobreza, abandono, consumo de sustancias, rupturas familiares y exclusión social. Algunas se han habituado a ocupar calles y espacios públicos de Valledupar, como ocurre en muchas otras ciudades del país, convirtiéndolos en alternativa de vida, en una circunstancia que más parece una forma de muerte lenta.
Es el doloroso fenómeno de los habitantes de calle, jamás imaginado décadas atrás en aquel pueblo que parecía distante de las grandes problemáticas urbanas. Hoy constituye una expresión visible de la inequidad, la injusticia, el abandono y la descomposición social que acompaña el crecimiento de muchas ciudades colombianas.
Se trata de un drama urbano que durante mucho tiempo pareció ajeno a la Ciudad de los Santos Reyes de Valledupar, pero que fue apareciendo paulatinamente, casi sin que nadie lo advirtiera, hasta mimetizarse en el paisaje cotidiano de la ciudad. Ver habitantes de calle harapientos, hambrientos, sucios, despelucados y desmuecados se ha vuelto tan común que pareciera haberse debilitado aquella tradicional generosidad, solidaridad y misericordia atribuida a vallenatos y provincianos.
Mientras Valledupar crece, cambia su fisonomía y abandona progresivamente su antigua condición de pueblo pequeño, también aparecen con mayor fuerza fenómenos sociales propios de las grandes ciudades. Todavía quedan personas que se asombran al comprobar que algo así sucede en Valledupar y se conduelen frente al drama. Sin embargo, la cotidianidad también parece haber disminuido la capacidad de asombro.
Personas con problemas de consumo de sustancias psicoactivas, adultos mayores abandonados, ciudadanos con trastornos de salud mental y familias indígenas en condiciones de extrema vulnerabilidad coinciden en algunos espacios públicos de la ciudad, aunque cada uno de estos grupos enfrenta circunstancias distintas y requiere respuestas institucionales diferenciadas.
Algunos habitantes de calle piden limosna. Otros buscan ropa o comida; algunos sobreviven recogiendo materiales aprovechables o realizando actividades informales. También es frecuente observar personas que piden ayuda en los semáforos, algunas acompañadas de niños o con limitaciones físicas visibles. Y mientras eso ocurre, buena parte de la ciudad pasa a su lado sin detenerse.
La tragedia de la calle
Los derechos de quienes habitan permanentemente o de manera transitoria en las calles no desaparecen por esa condición. La legislación colombiana establece que las instituciones del Estado deben promover, proteger y restablecer los derechos de los habitantes de calle, buscando su atención integral, rehabilitación e inclusión social.
Sin embargo, para quienes viven esta realidad, el acceso efectivo a servicios de salud, alimentación, higiene, atención psicosocial, educación o posibilidades de reintegración familiar continúa siendo uno de los grandes desafíos. La ausencia de una respuesta institucional suficientemente visible aumenta la sensación de abandono.
La esperanza de que estas personas puedan reconstruir sus vidas, reencontrarse con sus familias cuando ello sea posible o acceder a alternativas distintas a la calle dependerá de una acción articulada de las autoridades, las familias y la sociedad. La invisibilización de la problemática en Valledupar resulta preocupante. El fenómeno está allí, a los ojos de todos, pero pocas veces ocupa un lugar prioritario en la conversación pública.
Y la corresponsabilidad también cuenta. No se trata únicamente de observar desde una ventana, entregar una moneda en un semáforo o apartar la mirada. Se trata de reconocer que detrás de cada persona existe una historia que merece ser entendida.

Los dolores de la calle
Las calles parecen gemir cuando quienes las habitan añoran una casa, un abrigo o un plato de comida. La otrora solariega Valledupar se llena así de historias silenciosas y lamentos que muy pocas veces encuentran quién los escuche. “Pobrecitos, si no los ayuda el alma bendita de la señora Cielo Gnecco, no los ayuda nadie”, comentó un transeúnte que pasaba por la parte trasera del Colegio Loperena, uno de los sectores donde suelen encontrarse personas habitantes de calle.
Una caracterización realizada años atrás por la Alcaldía de Valledupar identificó una presencia mayoritaria de hombres entre la población estudiada, además de mujeres y personas pertenecientes a diferentes grupos étnicos. Las cifras, sin embargo, requieren actualización para establecer cuál es la verdadera dimensión del fenómeno actualmente.
Entre las situaciones identificadas aparecen consumo problemático de sustancias, enfermedades, discapacidad, abandono familiar y dificultades para acceder de manera permanente a servicios básicos. La tragedia adquiere además otras dimensiones cuando entre esta población aparecen víctimas del conflicto armado o personas con algún grado de discapacidad que carecen de ayudas técnicas o acompañamiento adecuado. Son realidades distintas atrapadas, muchas veces, en un mismo escenario: la calle.
Noticias del Cesar inicia investigación en los 25 municipios
Noticias del Cesar, en alianza con Noticias Valledupar, inicia con esta publicación una serie de entregas periodísticas sobre la situación de los habitantes de calle. La investigación no se limitará a Valledupar. El equipo periodístico buscará establecer qué ocurre también en los otros 24 municipios del Cesar: cuántas personas viven actualmente en condición de calle, cuáles son las causas predominantes, qué programas ofrecen las alcaldías, cuánto dinero destinan a su atención y cuáles han sido sus resultados.
También se indagará por la atención en salud, las rutas frente al consumo de sustancias psicoactivas, las posibilidades de reunificación familiar, la atención a personas con discapacidad y la existencia —o ausencia— de políticas públicas municipales. Porque detrás de cada persona que duerme sobre un andén, debajo de un techo improvisado o en cualquier rincón de una ciudad existe una historia. Y vivir en la calle no debería convertirse en una forma lenta de morir.

