PALOMA Y TIGRE POR LA JAULA DEL JAGUAR
La Casa de Nariño está habitada por un jaguar que intenta convertirla en su jaula permanente o, por capricho o con razón, encargar de su custodia a uno de sus cachorros, aun consciente del riesgo que representan su ceguera y las manchas en su pelaje, que natura legó a los recién nacidos de esta especie.
El plazo del inquilinato de “la jaula de Nariño” vence el 7 de agosto, pero el jaguar está aferrado a sus barrotes y lo anima un nudo de sapos y renacuajos que navega en aguas de un populismo, croando, junto a un pato histórico pataleante entre el caudillismo y la retórica de confrontación de clases para mantener incautos atrapados.
El complemento de ese zoológico de la política colombiana de cara a la contienda presidencial, dos figuras han decidido encarnar arquetipos que parecen opuestos, pero que comparten un mismo ecosistema: la senadora Paloma Valencia y el abogado Abelardo de la Espriella, transmutados por la figura literaria de la personificación en «Paloma» y «Tigre» quienes, junto al despliegue de sus virtudes, también dejan ver sus grietas.

La Paloma vuela hasta con las alas plegadas
Su nombre evoca paz aunque su retórica es combativa. En las plazas no vuela muy alto pero en los debates y en la discusión técnica levanta vuelo con autoridad y sapiencia, es reconocida como una de las intelectuales del Centro Democrático.
Posee grandes virtudes, la coherencia entre ellas, por eso mantiene invariable su línea ideológica, como buena discípula de su mentor Álvaro Uribe Vélez. Precisamente, ese atributo puede ser, al mismo tiempo, una debilidad. Es que, precisamente, su defensa férrea del legado uribista puede ser su «techo de cristal»: una paloma que no puede alejarse demasiado de su palomar original corre el riesgo de no conquistar nuevos territorios.
Es símbolo de vigilancia y paz, la que según ella solo es posible a través del orden. El vuelo por la presidencia de la República la obliga a bajar de las alturas que la asocian con la condición de pertenecer a la élite de la sociedad, con un difícil aterrizaje en las clases populares representado en un distanciamiento del pueblo.
El rugido con fuerza y el narcisismo del Tigre
Abelardo de la Espriella ha abrazado la figura del tigre no solo como metáfora, sino como marca personal. Es el depredador que asume su rol sin el mínimo esfuerzo de mesura, al contrario, hace alarde y pontifica de su condición.
La ferocidad del tigre Su figura encarna el felino que pone orden en una selva caótica en la que se espera al rey para que imponga su ley. Desde esta metáfora ofrece lo que gran parte del electorado cansado anhela: determinación y ferocidad. Su virtud reside en el carisma y la estética del poder. No pide permiso para entrar en la conversación; da el zarpazo. Personifica la protección del territorio y el éxito individual, un discurso que resuena con fuerza en sectores que buscan una mano dura que no titubee ante la criminalidad o la crisis económica.
El Peligro de la Jaula de Oro El tigre es narcisista. El boato que se traduce en una enorme ostentación de la que ha sido protagonista, es su gran debilidad. La política requiere diplomacia y, el tigre, por naturaleza, es solitario y territorial. Su estilo histriónico y lujoso puede ser interpretado como una falta de empatía con la realidad de la Colombia profunda.
En un entorno democrático, un rugido demasiado fuerte puede asustar a los moderados, dejando al candidato atrapado en su propia imagen de «fiera» indomable. Posee carisma e irradia autoridad pero es dechado de un personalismo excesivo que podría hacerle un gran daño a su aspiración presidencial.
Vuelo y garras para un ecosistema anárquico
La política colombiana se encuentra en una encrucijada entre la institucionalidad aérea de Valencia y la disrupción terrestre de De la Espriella. Mientras la primera busca convencer mediante la palabra y la ley, el segundo pretende someter mediante la presencia y el impacto. El electorado decidirá si prefiere una guía que vigile desde las alturas o un guardián que defienda el terreno con garras.
Lo cierto es que la institucionalidad aérea de la paloma o las garras retráctiles del tigre, siempre guardadas para no desgastarlas, cada uno a su estilo, ofrecen alternativas distintas a las del cachorro del jaguar. Estas podrían aliviar las tensiones de un campo de batalla polarizado en el que cada decisión administrativa o judicial es interpretada bajo un prisma político, persiste un limitado sometimiento al orden constitucional y legal por el «debilitamiento del cumplimiento de la norma», y un gran desgaste del Contrato Social ante la desprotección de los defensores de derechos humanos, lo que indica que el Estado no está cumpliendo con su deber constitucional primario: proteger la vida de sus ciudadanos.