La contienda electoral a menudo desnuda las peores contradicciones de nuestros dirigentes. En la recta final hacia las urnas, un evento masivo del Pacto Histórico demostró con una claridad pasmosa cómo los principios discursivos pueden desdibujarse rápidamente cuando la urgencia por sumar votos aprieta.
El populismo tricolor
Durante el cierre de campaña de Iván Cepeda, la estrategia proselitista cruzó una línea de profunda incoherencia táctica. Los asistentes al evento recibieron masivamente camisetas de la Selección Colombia, pero con un añadido que desvirtúa el fervor deportivo: la prenda venía acompañada de la consigna «Gracias Petro». Transformar un símbolo histórico de unión nacional en un panfleto textil para venerar al actual mandatario es una jugada sumamente populista.
Sin embargo, el epicentro de la polémica ciudadana no radica en el regalo per se, sino en la abrumadora amnesia selectiva del movimiento. Hace apenas unas semanas, las voces más altivas del progresismo crucificaron públicamente al candidato derechista Abelardo de la Espriella por arroparse con la bandera nacional. En su momento, lo tildaron de oportunista y lo acusaron de secuestrar gráficamente los símbolos patrios.
Un resbalón táctico imperdonable
Hoy, al emular exactamente la misma táctica que antes condenaban, el oficialismo evidencia un pragmatismo electoral que fractura su credibilidad. Para un votante moderno y altamente conectado, estos drásticos giros argumentativos resultan evidentes y terminan por diluir la seriedad del proyecto político justo en la fase más crítica de la carrera presidencial.


