De Guaidó a Cepeda, la política latinoamericana acaba de producir una de esas paradojas que parecen escritas por sus propios protagonistas. Juan Guaidó desafió hace siete años la legitimidad del poder venezolano y construyó una estructura paralela. Ahora, en Colombia, Iván Cepeda reconoce que perdió las elecciones, pero desconoce la legitimidad política del ganador y anuncia un gabinete para hacerle oposición. Los dos casos no son jurídicamente iguales, pero el espejo político resulta difícil de ignorar.
De Guaidó a Cepeda: el giro que cambió la historia
El episodio colombiano tiene una particularidad que vuelve mucho más llamativa la comparación. Iván Cepeda sí reconoció inicialmente la victoria de Abelardo de la Espriella.
El 24 de junio de 2026, tres días después de la segunda vuelta presidencial, Cepeda se dirigió al país. Según registró la Misión de Observación Electoral de la OEA, reconoció la victoria de De la Espriella como presidente electo. También anunció que ejercería una oposición democrática y constructiva desde el Congreso.
El escrutinio nacional confirmó 12.960.166 votos para Abelardo de la Espriella, equivalentes al 49,66 %. Iván Cepeda obtuvo 12.708.312 sufragios, el 48,70 %. Por tanto, la diferencia quedó en 251.854 votos. Noticias del Cesar también registró aquel reconocimiento. En ese momento, el mensaje parecía cerrar la incertidumbre electoral y abrir una nueva etapa institucional.
Sin embargo, la discusión cambió de escenario. Cepeda no sostiene ahora que haya obtenido más votos que De la Espriella. Su postura es distinta. El dirigente del Pacto Histórico ha pasado a cuestionar la legitimidad política del nuevo mandatario. Su argumento se concentra, entre otros puntos, en la ciudadanía estadounidense que mantiene De la Espriella.
Ese matiz es importante. Cepeda no está desconociendo el resultado matemático que él mismo aceptó. Está desconociendo la legitimidad del hombre que ganó ese resultado.
Y allí comienza la paradoja.
Del reconocimiento a la “resistencia”
El 7 de agosto, mientras Abelardo de la Espriella asumía la Presidencia de Colombia, Cepeda encabezó en Barranquilla una concentración de oposición. El Pacto Histórico promovió además manifestaciones en otras ciudades. Sus dirigentes presentaron esas jornadas como acciones pacíficas de resistencia y desobediencia civil. Cepeda reiteró que no reconoce la legitimidad del nuevo Gobierno y pidió preservar las conquistas que, en su criterio, dejó la administración de Gustavo Petro.
La imagen política era inevitable: mientras un presidente tomaba posesión, el candidato derrotado encabezaba un acto político paralelo y cuestionaba su legitimidad.
Pero faltaba otra pieza. Llegó ese mismo viernes.
Cepeda anunció la creación del denominado “Gabinete por la Vida”. Según explicó, la estructura contará con el concurso de ministros y ministras salientes del Gobierno Petro. Su propósito será controvertir las políticas de la nueva administración.
Revista Semana resumió la iniciativa como un “gabinete alterno”. Sin embargo, la precisión resulta necesaria: Cepeda no utilizó exactamente esa denominación. El nombre que presentó públicamente fue “Gabinete por la Vida”.
La idea tampoco apareció de la nada. Días antes, dirigentes del Pacto Histórico ya discutían la creación de un gabinete alternativo o en la sombra. Buscaban hacer seguimiento ministerio por ministerio al nuevo Ejecutivo y proyectarse nuevamente como opción de poder.
En consecuencia, la secuencia política quedó completa: derrota electoral, reconocimiento del vencedor, posterior cuestionamiento de su legitimidad, movilización paralela y creación de una estructura política que replica áreas del Gobierno.
El fantasma de Juan Guaidó reaparece
Es allí donde Venezuela entra en escena. Juan Guaidó se convirtió en enero de 2019 en presidente interino de Venezuela para amplios sectores de la oposición y para numerosos gobiernos extranjeros.
El origen estuvo en las cuestionadas elecciones venezolanas de 2018 y en el rechazo a la legitimidad del nuevo periodo de Nicolás Maduro. El Parlamento Europeo reconoció a Guaidó como presidente interino en enero de 2019 y pidió a los países europeos hacer lo mismo.
Sin embargo, hay una diferencia histórica que conviene dejar clara. Guaidó no fue el candidato derrotado por Maduro en las presidenciales de 2018.
Su reclamación surgió desde la presidencia de la Asamblea Nacional. La oposición argumentó entonces que la elección de Maduro carecía de legitimidad y que existía una situación constitucional extraordinaria. Guaidó fue mucho más lejos de lo que hasta ahora ha hecho Cepeda.
Se proclamó presidente interino y reclamó formalmente la jefatura del Estado. Luego comenzó a designar representantes y funcionarios. En agosto de 2019 creó un “Centro de Gobierno”, bajo la coordinación de Leopoldo López, para articular las personas nombradas dentro de aquella administración paralela. RTVE documentó en ese momento la conformación de esa estructura.
Por eso, hablar simplemente de dos casos idénticos sería incorrecto. Pero negar cualquier semejanza política también resultaría difícil.
El parecido existe, pero hay una frontera fundamental
Juan Guaidó reclamó para sí la Presidencia de Venezuela. Iván Cepeda no se ha proclamado presidente de Colombia. Tampoco ha dicho que su “Gabinete por la Vida” pueda ejercer funciones constitucionales del Ejecutivo.
Esa diferencia es enorme. Además, los gabinetes alternativos no son necesariamente estructuras antidemocráticas. Existen en democracias consolidadas.
El Parlamento del Reino Unido explica que el líder de la oposición designa un Shadow Cabinet. Cada uno de sus integrantes vigila un área concreta del Gobierno, confronta al ministro correspondiente y desarrolla propuestas alternativas.
Por tanto, el gabinete opositor de Cepeda puede entenderse perfectamente como una herramienta democrática de control político.
El problema que alimenta la comparación con Guaidó no es solamente el gabinete. Es el conjunto.
Cepeda perdió las elecciones. Después reconoció al vencedor. Más tarde cuestionó su legitimidad. Decidió no acompañar su posesión. Encabezó un acto paralelo. Convocó a la resistencia política. Finalmente, anunció una estructura que hará seguimiento al Gobierno cartera por cartera. Ese itinerario es el que produce el espejo.
“Tanto que se burlaron de Guaidó…”
La comparación explotó rápidamente en las redes sociales. Catalina Suárez B. condensó la paradoja en una publicación en X: “Tanto que se burlaron de Guaidó y terminaron fabricando su versión colombiana”.
Después agregó que Cepeda quedó en una posición contradictoria: perdió las elecciones, cuestiona al ganador y ahora organiza una estructura política que pretende actuar como alternativa frente al Ejecutivo.
La frase tiene una carga evidente de ironía política. Sin embargo, detrás del sarcasmo aparece una discusión mucho más seria. Durante años, sectores de la izquierda latinoamericana ridiculizaron a Guaidó por considerarlo un presidente sin control efectivo del Estado. Sus críticos cuestionaban que existieran funcionarios, representantes y una institucionalidad paralela mientras Nicolás Maduro conservaba el poder real en Venezuela.
Ahora, una parte de la izquierda colombiana experimenta con una figura que, aunque institucionalmente distinta, también busca presentarse como Gobierno alternativo en construcción.
Esa es la ironía que hace funcionar la comparación.
Cepeda no es Guaidó, pero la fotografía política se parece
La prudencia obliga a separar los hechos de las interpretaciones. Iván Cepeda no es el Juan Guaidó colombiano en sentido jurídico.
No se proclamó presidente. No pretende dirigir las Fuerzas Armadas. No controla embajadas. No reclama activos del Estado. Tampoco existe reconocimiento internacional de una supuesta presidencia alternativa.
Su gabinete, por ahora, es una estructura política de oposición. Sin embargo, desde el punto de vista narrativo existen elementos que inevitablemente recuerdan el fenómeno venezolano.
En Venezuela hubo un poder reconocido oficialmente por el Estado y otro que cuestionó su legitimidad. En Colombia existe un presidente elegido y posesionado, mientras su principal adversario electoral cuestiona su legitimidad y construye una organización política que pretende vigilar cada ministerio.
Hay otra diferencia igualmente importante. En Colombia funcionó un proceso electoral competitivo que terminó con un resultado oficial reconocido inicialmente por el propio derrotado.
Ese elemento hace aún más singular el cambio posterior de Cepeda. La OEA dejó registrado que el dirigente progresista reconoció a De la Espriella como presidente electo. También consignó que anunció una oposición democrática y constructiva.
Por eso, la pregunta más interesante no es si Cepeda perdió. Eso ya está resuelto.
La pregunta es otra: ¿cómo se pasa de reconocer al presidente electo a desconocer, posteriormente, su legitimidad política? Ahí está el verdadero centro de esta historia.
Una oposición que quiere volver a ser Gobierno
El “Gabinete por la Vida” también revela algo más profundo. El Pacto Histórico no quiere ejercer una oposición limitada a reaccionar frente a las decisiones del Ejecutivo. Busca organizarse desde ahora como alternativa de poder.
Cepeda incluso presentó a su sector como un Gobierno en construcción y puso la mirada en las elecciones territoriales de 2027. El propósito político parece claro: defender el legado de Petro, confrontar las decisiones de De la Espriella y preparar el regreso de la izquierda al poder.
Mientras tanto, Abelardo de la Espriella inicia un Gobierno ubicado ideológicamente en la derecha, después de cuatro años de administración de Gustavo Petro.
El cambio de roles es total. Los que gobernaban ahora protestan. Los que hacían oposición ahora gobiernan. Y quienes alguna vez ironizaron sobre gobiernos paralelos experimentan con su propia versión de un gabinete en la sombra.
Por supuesto, Colombia no es Venezuela. Cepeda tampoco es Guaidó, pero la política tiene memoria y, algunas veces, también sentido de la ironía.
De Guaidó a Cepeda, América Latina vuelve a demostrar que aquello que parece absurdo cuando lo hace el adversario puede convertirse en estrategia cuando cambian los lados del poder. Y quizá sea, precisamente, por eso que el espejo incomoda tanto.


