Diomedes y la Virgen del Carmen: una fe cantada

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La devoción de Diomedes Díaz por la Virgen del Carmen nació entre Carrizal y La Junta, mucho antes de la fama. La llevó a sus canciones, se aferró a ella durante la enfermedad y le atribuyó haberlo protegido en uno de los accidentes que estuvieron a punto de costarle la vida.

La Virgen del Carmen permanece en la sala de la finca Los Brasilitos, en Carrizal. A su alrededor hay flores, velas, imágenes religiosas y una Biblia. Sobre la corona descansa un sombrero vueltiao que, según quienes cuidaron durante años aquel lugar, fue puesto por el propio Diomedes Díaz.

No se trataba de una imagen más entre las muchas que sus seguidores le regalaron durante su vida artística. Aquella Virgen había llegado a manos del cantante como un obsequio de Juancho Rois, el acordeonero que lo acompañó durante una de las etapas más gloriosas de su carrera musical.

Cada vez que Diomedes regresaba a la finca donde nació, buscaba a la Virgen. Se arrodillaba frente a ella, lloraba, rezaba y le hablaba de sus dificultades. Allí no estaba el artista rodeado de músicos, admiradores y periodistas. Estaba el campesino de Carrizal, solo ante la santa a la que se había encomendado desde niño.

El regalo quedó inmortalizado en Un canto celestial, composición en la que Diomedes recordó a Juancho Rois y contó que había llevado la imagen hasta Carrizal, la tierra donde nació.

La canción convirtió un objeto íntimo en parte de la memoria colectiva del vallenato. Desde entonces, miles de seguidores supieron que, lejos de las tarimas, había una Virgen del Carmen esperándolo en la finca familiar.

La Virgen que lo esperaba en La Junta

La devoción de Diomedes no comenzó cuando se hizo famoso, ni fue una estrategia para acercarse al público. Formaba parte de la vida espiritual de su familia y de las tradiciones de La Junta, el pueblo guajiro en el que creció y cuya patrona es, precisamente, la Virgen del Carmen.

Durante muchos años, el 16 de julio no fue solamente una fecha religiosa para los junteros. Era el día de la misa, la procesión, la música, los encuentros familiares y las celebraciones populares.

En ese ambiente nació también el Festival Folclórico del Fique. La historia se remonta al 16 de julio de 1970. Mientras varias mujeres conversaban en la casa de Celina Sierra de Hinojosa, ella tejía una pequeña mochila. El arquitecto y piloto Gustavo Gutiérrez Maestre quedó admirado con el trabajo y propuso organizar un festival alrededor de aquella tradición artesanal.

Ese mismo día, productores y vendedores llevaron mochilas, chinchorros, hamacas y objetos fabricados con fique hasta la plaza situada frente a la iglesia. Allí se presentaron mientras el conjunto de Lisandro Meza amenizaba las fiestas patronales de la Virgen del Carmen.

Primero se llamó Festival de la Mochila. Después adoptó el nombre de Festival Folclórico del Fique y durante décadas se realizó a mediados de julio, unido a las celebraciones religiosas del pueblo. Con el paso del tiempo, el evento fue trasladado para los últimos meses del año.

Diomedes creció dentro de esa mezcla de fe, música y fiesta popular. Por eso, cuando en Mi muchacho recordó la celebración del 16 de julio, no estaba utilizando una fecha escogida al azar. Estaba regresando musicalmente al pueblo de su infancia, a la iglesia y a las fiestas en las que aprendió a reconocer a la Virgen como protectora.

“Yo me encomiendo a la Virgen”

Con los años, Diomedes trató de explicar que su relación con la Virgen del Carmen no dependía exclusivamente de imágenes, ceremonias o rezos. Durante una entrevista con José Gabriel Ortiz afirmó que aquella devoción era tradicional en su familia, pero que en él había adquirido un sentido más profundo. Decía respetar las imágenes, aunque consideraba que la verdadera conexión estaba en su interior.

“Yo me encomiendo a la Virgen no más”, resumió. Esa frase permite comprender por qué la Virgen aparecía en momentos tan distintos de su vida. Diomedes la invocaba para agradecer, pedir salud, proteger a una mujer, acompañar a sus hijos o encontrar fuerzas cuando sentía que el camino se le cerraba.

En Mi primera cana le agradeció las cosas buenas que había recibido. En Título de amor le pidió licencia antes de continuar su relato sentimental. En A mitad del camino, la recordó en pleno mes de julio y se reconoció como hijo suyo, necesitado de auxilio. En Puro amor y Adiós, lunarcito, le pidió vida para seguir amando. También apareció en Se acabaron mis penas y 25 de diciembre, entre otras composiciones.

No todas esas canciones fueron concebidas como temas religiosos. En muchas, la Virgen irrumpe en medio de una historia de amor, una reflexión familiar o una confesión personal. Esa espontaneidad demuestra hasta qué punto formaba parte del lenguaje cotidiano del cantante.

Diomedes no necesitaba interrumpir la canción para hablar de su fe. La Virgen entraba en el verso con la misma naturalidad con la que aparecían su madre, sus hijos, La Junta, Carrizal o las mujeres que amó.

La enfermedad y la promesa de una iglesia

Uno de los testimonios más dolorosos de esa relación quedó grabado en Volver a vivir. En 1998, Diomedes padeció el síndrome de Guillain-Barré. La enfermedad afectó su movilidad y lo mantuvo durante meses entre una cama y una silla de ruedas. Para un hombre acostumbrado a dominar los escenarios, depender de otros para moverse significó enfrentarse a su propia fragilidad.

En la canción narró el sufrimiento físico, el encierro y la incertidumbre. También hizo una promesa: si la Virgen lo levantaba de aquella cama, le construiría una iglesia en Valledupar.

La recuperación llegó, pero alrededor del cumplimiento de la promesa permanecen dos versiones. La primera sostiene que Diomedes murió sin haber construido el templo ofrecido. La segunda fue defendida por Joaquín Guillén, quien durante años trabajó junto al cantante. Según él, se dispuso un terreno en el barrio Don Carmelo para levantar la parroquia, pero la campaña necesaria para desarrollar completamente el proyecto no tuvo continuidad.

La diferencia es importante. No es lo mismo afirmar que Diomedes olvidó su promesa que señalar que quiso iniciar una obra que después no consiguió conducir hasta el final. Lo comprobable es que la promesa existió y quedó cantada con su propia voz. Por eso, cada 16 de julio, sus seguidores vuelven a preguntarse qué ocurrió con aquella iglesia que el Cacique ofreció durante uno de los momentos más duros de su vida.

“La Virgen del Carmen me protegió”

El 30 de octubre de 2012, Diomedes volvió a recurrir públicamente a su patrona. El vehículo en el que viajaba sufrió un accidente después de que una de sus llantas estallara. El cantante terminó internado en la habitación 401 de la Clínica del Cesar, con una fractura en la séptima costilla izquierda y varios golpes.

El automóvil quedó seriamente afectado, pero Diomedes salió con vida. Desde la clínica habló por medio del teléfono de su representante José Zequeda. No atribuyó su supervivencia a la fortuna ni a una simple coincidencia.

“La Virgen del Carmen me protegió”, declaró. La frase tenía la misma mezcla de fe y desparpajo que caracterizaba sus conversaciones. Después agregó que continuaba vivo “hasta nueva orden”, como si hubiera recibido una prórroga que solo Dios y su protectora podían explicar.

Un año y dos meses después, el 22 de diciembre de 2013, Diomedes Díaz murió en Valledupar. Sin embargo, su relación con la Virgen quedó esparcida por toda su obra. Está en las canciones de amor, en las composiciones familiares, en el relato de su enfermedad y en los versos dedicados a Juancho Rois.

Una devoción que sigue caminando por Valledupar

La fe que Diomedes heredó de su familia y de La Junta no desapareció con él. Continúa viva en las caravanas, los vehículos adornados, las misas y las procesiones que cada 16 de julio recorren Valledupar y otras poblaciones del Caribe.

También permanece en el barrio El Carmen. En la crónica La Virgen volvió más bonita al Carmen, publicada en Comarca Literaria, se cuenta cómo varias mujeres regresaban a sus casas abrazando los ramos de rosas que habían llevado a la inauguración del renovado bulevar y del nuevo altar.

En ese lugar, el líder comunitario Jaime Centeno agradeció a la Virgen por haberle permitido trabajar por su barrio. Allí también Martha Orjuela contó que se había encomendado a ella cuando su hijo, afectado por la poliomielitis, no podía caminar.

Son historias separadas por el tiempo y el territorio, pero unidas por la misma confianza.

Diomedes llevó esa confianza a los escenarios. Le puso melodía, acordeón y voz. La volvió súplica cuando estuvo enfermo, agradecimiento cuando se sintió afortunado y refugio cuando creyó que la muerte estaba cerca.

La Virgen del Carmen que permanece bajo un sombrero vueltiao en Carrizal no guarda únicamente el recuerdo de un cantante famoso. Guarda la imagen del muchacho de La Junta que, aun después de conquistar multitudes, siguió regresando a ella para arrodillarse, llorar y pedir fuerzas.

Diomedes murió, pero cada 16 de julio la Virgen vuelve a caminar dentro de sus canciones.

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