La primera noticia grande que recibió Naferito no tuvo que ver con un acordeón: tuvo que ver con una beca. Mucho antes de ser Rey Vallenato, mucho antes de grabar discos, mucho antes de que su nombre quedara ligado a Diomedes Díaz, Náfer Durán fue un niño de El Paso que estudiaba mientras cumplía, como tantos muchachos de su época, una jornada que empezaba antes del amanecer y terminaba cuando ya las vacas estaban otra vez recogidas.
Aquel niño salió entre los cinco mejores estudiantes del pueblo. Y, por eso, le concedieron una beca completa para seguir estudiando en Santa Marta. No había que pagar matrícula. No había que pagar pensión. No había que pagar nada. El problema era otro. Había que dejarlo ir.
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Naferito y la noticia que hizo llorar a su madre
Cuando Náfer recordó aquel episodio, a sus 94 años, todavía parecía escuchar la noticia entrando a la casa. Le dijeron a su madre que Naferito había salido entre los cinco muchachos inteligentes de El Paso y que se lo llevarían para Santa Marta. La reacción de aquella mujer no fue de júbilo. Lo lloró. Náfer lo contó como si su madre hubiera recibido una noticia de muerte.
Hoy la distancia entre El Paso y Santa Marta se mide en horas de carretera. Pero, entonces, era otra cosa. Había trochas, pocas rutas, trasbordos y una separación que para una familia campesina podía sentirse definitiva. Mandar a un niño a Santa Marta no era enviarlo a estudiar “cerquita”. Era soltarlo. Y la madre de Náfer no pudo. La beca estaba completa. Naferito se quedó.
Antes del colegio estaban las vacas
Pero para entender cuánto significaba que aquel muchacho hubiera quedado entre los mejores estudiantes de El Paso hay que mirar primero cómo era su vida. La escuela no ocupaba todo el día. Ni siquiera era el centro del día. Había que salir montado en burro a buscar las vacas por las sabanas. En las tardes se las llevaba al corral y se apartaban los terneros para evitar que durante la noche se mamaran la leche. Antes de amanecer venía el ordeño. Después había que sacar nuevamente el ganado hacia las sabanas.
Y aquello era apenas una parte. Había que ir al monte a cortar la leña con la que su madre encendería los fogones para cocinar. Había que buscar agua. No había acueducto. El río Ariguaní no era paisaje de postal ni accidente geográfico aprendido en la escuela: era una fuente de vida. Allí se buscaba agua para beber, lavar y atender las necesidades domésticas.Náfer recordó también los corrales con barro hasta las rodillas y aquella inmensa sabana común donde el ganado se movía sin las cercas que después modificarían el paisaje de la región. Texto pegado

Después de hacer todo eso, había que estudiar. Y Naferito estudiaba bien. Muy bien. Tan bien que estuvo entre los cinco escogidos.
En aquella casa ya sonaba el acordeón
Mientras el niño aprendía las primeras letras y cumplía los oficios del campo, el acordeón ya había entrado a la familia Durán: aquí Náfer hizo una precisión que vale la pena conservar. Cuando le preguntaron quién había sido el primero de los Durán que tocó el instrumento, no respondió Alejo. Dijo:
—Luis Felipe Durán Díaz.
Era el hermano mayor. Según el recuerdo de Náfer, había nacido en 1916. Eso quiere decir que antes de que Alejandro Durán se convirtiera en una de las figuras gigantescas del vallenato, antes de que él mismo fuera coronado primer Rey Vallenato, el acordeón ya formaba parte de la vida familiar; sin embargo, había una diferencia enorme con el presente. Tocar acordeón todavía no significaba prestigio.
Náfer recordó que durante los años treinta y cuarenta aquella música no tenía la importancia social que adquiriría después. La gran reivindicación vendría con los años y, según él mismo lo expresó, con el Festival Vallenato y el impulso de figuras como Consuelo Araújo y Alfonso López Michelsen. Los Durán, entonces, no eran todavía “una dinastía”. Eran una familia de El Paso en la que algunos muchachos tocaban una música campesina. Dentro de esa misma casa crecerían, sin saberlo, dos futuros Reyes Vallenatos: Alejo y Náfer.
Los juglares primero fueron niños
A veces, la historia del vallenato comienza a contarse demasiado tarde. Comienza cuando el hombre ya domina el acordeón. Cuando ya escribió la canción. Cuando ya lo rodea la parranda, pero antes del juglar estuvo el niño. Francisco el Hombre, convertido después en mito por la tradición oral y por la literatura, fue asociado a esa figura del acordeonero viajero que llevaba noticias de pueblo en pueblo. García Márquez lo incorporó a Cien años de soledad como un viejo trotamundos que iba relatando mediante canciones lo sucedido en sus recorridos. Y la leyenda popular terminó elevándolo todavía más: el músico que una noche enfrentó al Diablo y logró derrotarlo tocando el Credo al revés.
Emiliano Zuleta Baquero también fue primero un niño del campo. Muchos años antes de La gota fría, creció en una pequeña población de La Guajira, en una casa de bahareque y piso de tierra, en un mundo rural donde el progreso apenas asomaba. La historia de su infancia quedó atravesada por el trabajo, las privaciones y, posteriormente, por el descubrimiento del acordeón. Hace años, escribí en Comarca Literaria sobre aquel pequeño Emiliano que tuvo que esperar una eternidad infantil para conseguir el acordeón que deseaba.
Náfer pertenecía a esa misma estirpe. La diferencia es que a él pudimos escucharlo explicar personalmente de dónde venía (como también lo hice con el viejo Emiliano). No desde la leyenda. No desde un libro. Sentado frente a su casa en El Paso.
El camino que pudo llevarlo hasta Escalona

Y aquí aparece una de esas casualidades históricas que uno quisiera poder comprobar hasta el último detalle. La beca de Náfer era para continuar estudios en Santa Marta. Por aquellos mismos años, otro muchacho proveniente de un pueblo de esta región estudiaba allí. Se llamaba Rafael Escalona: había nacido en Patillal en 1926 y a comienzos de los años cuarenta fue enviado al Liceo Celedón de Santa Marta para cursar el bachillerato. La vida del internado terminó convirtiéndose también en canción: en 1943 compuso El hambre del liceo.
La cronología abre una posibilidad fascinante. Náfer, nacido varios años después, habría terminado la primaria, precisamente, durante aquella primera mitad de los años cuarenta. Si el colegio al que estaba destinada su beca era el Liceo Celedón —algo que todavía no podemos afirmar con absoluta certeza a partir de la grabación—, los dos pudieron haber coincidido en Santa Marta.
El muchacho de Patillal que terminaría escribiendo algunas de las grandes crónicas cantadas del vallenato. Y el muchacho de El Paso que terminaría convirtiéndose en Rey Vallenato. Escalona nunca fue acordeonero. Su instrumento fueron las palabras, pero también hacía con las canciones algo que Náfer explicaría muchos años después como una regla elemental del oficio: hablar de lo que uno conocía. Escalona convirtió el hambre del internado en canción. Náfer convirtió animales, ríos, monte y sabana en música. Dos maneras distintas de hacer lo mismo: narrar la vida.
La academia lo esperó; la música se lo llevó
Náfer nunca llegó a cursar el bachillerato. Él mismo recordaba haber estudiado apenas hasta quinto de primaria y hablaba de aquellos años sin diplomas ni pergaminos. Sin embargo, destacaba que terminó viajando, incluso, fuera del país y representando a Colombia a través de su música. Hay algo profundamente paradójico ahí.
La academia estuvo a punto de llevárselo. Le abrió una puerta completa. Lo escogió entre los mejores. Le ofreció la beca. Santa Marta lo esperaba, pero su madre no pudo entregarlo a aquella distancia; entonces, la vida tomó otro camino. Naferito volvió a las vacas. Al burro. A la madrugada del ordeño. Al río Ariguaní. A la leña del monte. A los hermanos que tocaban acordeón. Y ese mundo, que en apariencia lo alejaba del colegio, terminó convirtiéndose en su verdadera escuela. Muchos años después, cuando trataba de explicar cómo componía, Náfer resumió su filosofía en una frase sencilla:
—Tiene uno que nombrar lo que conoce.
Él conocía los animales porque había convivido con ellos. Conocía la sabana porque la había recorrido. Conocía el río porque había ido a buscar agua. Conocía el monte porque había cortado leña. Conocía el trabajo porque había empezado a trabajar siendo niño. Y conocía el acordeón porque había crecido oyéndolo dentro de su propia casa. Quizá la academia perdió un alumno brillante.
Pero aquella mañana lejana en que su madre lloró porque querían llevarse a Naferito para Santa Marta, nadie podía imaginar lo que estaba ocurriendo. El niño no se iría con los libros. Se iría años después con un acordeón. Y, por ese otro camino, también terminaría llegando mucho más lejos de lo que su madre alguna vez temió.

