La primera y única vez que vi a Náfer Durán en mi vida tenía una escoba entre las manos. Cincuenta años antes, recién coronado Rey Vallenato, había asumido un riesgo mayor: grabar con un muchacho de La Junta cuya voz provocaba burlas y al que, según recordó el juglar, no le tenían fe comercialmente. Ese joven era Diomedes Díaz.
La primera y única vez que vi a Náfer Durán en mi vida no tenía un acordeón entre las manos. Tenía una escoba. Fue la mañana del 26 de abril de 2026. Había llegado hasta El Paso, Cesar, sin avisarle, con la intención de entrevistarlo. Lo encontré barriendo el frente de la casa que había sido de sus padres. Sombrero puesto, camisa a rayas, una toalla sobre el hombro y aquella escoba de palma que movía con la naturalidad de quien había repetido ese oficio quién sabe cuántas mañanas.
Yo iba buscando al Rey Vallenato de 1976 y me encontré primero con un viejo barriendo. Cuando le pregunté su edad, después me respondería: 94 años. No podía atenderme en ese momento porque todavía no había desayunado. Quedamos en vernos más tarde. Náfer acostumbraba comer en casa de uno de sus hijos, cuya vivienda quedaba, curiosamente, a mitad de camino entre la casa de sus padres y la propia. Regresé. Fui primero donde el hijo. Náfer ya había salido. El hombre me señaló desde la calle hacia dónde debía continuar.
—Allá.
Y allá estaba. A cierta distancia alcancé a distinguirlo sentado bajo la sombra de un palo de mango sembrado frente a su casa. Fue allí donde unas horas después aquel hombre, que esa mañana había tenido una escoba entre las manos, tomó el acordeón y empezó a abrir una puerta hacia medio siglo atrás. Detrás de esa puerta estaba Diomedes Díaz.
El rey y El Chivato
Mucho antes de convertirse en El Cacique de La Junta, Diomedes había tenido un apodo bastante menos glorioso. Le decían El Chivato. En La Junta algunos se burlaban de aquella voz ronca y estridente. Yo lo recuerdo porque crecí allí y porque, muchos años después, dejé escrita una escena que todavía puedo escuchar.
Mi abuela, la vieja Aba, trataba de dormir una noche mientras desde la Caseta Comunal llegaba la música de una presentación de Diomedes. Yo me hacía el dormido en otra hamaca. Ella se revolvía, se levantaba, regresaba, hasta que finalmente soltó aquello que la tenía atragantada: «No sé qué tanto le verán a un hombre que lo único que hace es gritar». Era Diomedes el que cantaba.
Yo era un pelao y me indignó que mi abuela hablara así de uno de los nuestros. En aquella misma crónica conté que, unos años antes, cuando Diomedes cantaba con jóvenes de La Junta, la gente se mofaba del timbre de su voz y por eso había terminado convertido en El Chivato. Quién iba a decirlo. Esa misma voz que para unos parecía un grito estaba a punto de cruzarse con los oídos de un hombre que acababa de conseguir lo que cualquier acordeonero de aquellos tiempos soñaba: la corona del Festival de la Leyenda Vallenata.
Era 1976. Náfer Durán acababa de ser proclamado Rey Vallenato. Y esa corona puso a girar la rueda.
La llamada que cambió el camino de los dos

Náfer me lo contó debajo de aquel mango. Después de ganar el Festival, la grabadora Codiscos, en Medellín, se comunicó con los promotores del certamen porque quería grabar al ganador de ese año. Náfer recordó en la conversación los nombres de Consuelo Araújo y Alfonso López Michelsen al reconstruir aquel episodio. En aquella época, se hablaba del LP, el long play, el larga duración de acetato. Tener uno significaba mucho más que subir unas canciones a una plataforma: había que entrar a un estudio, conseguir el respaldo de una compañía, prensar los discos, distribuirlos y lograr que las emisoras quisieran ponerlos.
Náfer llegaba a esa oportunidad con la corona en la cabeza. No era el principiante de la historia. El principiante era otro. En medio de ese proceso, apareció Emilio Oviedo, vinculado a la industria discográfica y conocedor de un muchacho que cantaba. Náfer recordó que Oviedo le habló de él y quiso llevárselo para que lo escuchara. El muchacho era Diomedes Díaz. Y aquí está, para mí, lo extraordinario del relato. Náfer no necesitaba a Diomedes para hacerse un nombre. Acababa de ganar el Festival Vallenato. Ya había grabado. Ya tenía prestigio. Era, precisamente, aquella victoria la que lo había puesto ante la posibilidad de registrar un nuevo disco. Diomedes, en cambio, todavía estaba buscando la puerta. Según Náfer, no todos creían comercialmente en él.
—A Diomedes no lo llevaban a grabar porque no le tenían fe comercialmente —recordó.
Y el Rey Vallenato de 1976 pudo haber dicho que no. Pudo pedir una voz conocida. Pudo cuidar la oportunidad que acababa de ganarse. Pudo pensar que para experimentos estaban otros; sin embargo, ceptó. Su explicación, medio siglo después, fue de una sencillez que retrata también al personaje:
—Yo no le tuve miedo, porque dije: si en caso de que no pegue el disco, ya yo tengo mi fama también.
Ahí está la apuesta. No la del hombre que no tiene nada que perder, sino la del que ya tiene algo conquistado y decide ponerlo al lado de un desconocido. De aquel encuentro nació Herencia Vallenata, el primer álbum de Diomedes Díaz con Náfer Durán en el acordeón, publicado por Codiscos en 1976. La propia compañía conserva ese año como el de lanzamiento de la producción.
«Salió fue como un satélite»
Hay frases que necesitan años para adquirir todo su significado. Náfer lanzó una debajo de aquel palo de mango. Primero recordó lo que ocurrió después de aceptar al muchacho:
—Y resulta que salió fue como un satélite.
Hizo una pausa en el relato, como quien todavía podía oír aquella garganta joven. Y entonces dijo:
—A ese tipo no hubo quien le superara la voz.
Yo pensé, inevitablemente, en mi abuela. En la vieja Aba retorciéndose en la hamaca mientras desde la Caseta Comunal de La Junta llegaban los ecos de aquel cantante que, según ella, no hacía sino gritar. Pensé también en El Chivato. En las burlas. En aquel joven que todavía no era El Cacique de La Junta. Y delante de mí tenía ahora al hombre que, cuando ya cargaba sobre sus hombros una corona de Rey Vallenato, había aceptado compartir su primera gran oportunidad después del Festival con aquel desconocido.

Lo curioso es que Náfer tampoco quiso apropiarse del mérito de haber creado a Diomedes. Todo lo contrario. Cuando reconstruyó la historia, fue tajante:
—Él no lo enseñó nadie. Ni que diga ninguno: «Yo fui el que le enseñé esto». No, señor. Cada cual nace con su don.
Eso le da todavía más valor a su recuerdo. Náfer no estaba reclamando la paternidad artística de Diomedes. Estaba contando el instante en que los caminos de los dos se encontraron. Uno llegaba con una corona. El otro llegaba con una voz discutida. Y los dos salieron de allí con un disco. Después, sabemos lo que ocurrió. La voz que unos encontraban chillona terminó siendo una de las más reconocibles de la música vallenata.
El muchacho al que llamaban El Chivato terminó convertido en El Cacique de La Junta. Y aquel álbum de 1976 quedó como el comienzo discográfico de una carrera que todavía no había mostrado sus dimensiones. Náfer lo había visto desde otro lugar. O, mejor, lo había oído.
Debajo del mango

La entrevista siguió. Náfer habló del acordeón, de sus hermanos, de Alejo Durán, del tono menor, de su infancia, del ganado, de los animales que después metió en sus canciones. Incluso tomó el instrumento y, con sus manos ya castigadas por el tiempo, volvió sobre La zoológica. También dijo algo que me pareció revelador: para componer no había que ponerse a inventar mundos desconocidos. Había que hablar de lo vivido.
—Tiene uno que nombrar lo que conoce —explicó.
Quizá, por eso, contó aquella historia de Diomedes sin adornarla. No necesitaba hacerlo: la había vivido. Cuando terminé la entrevista, seguía teniendo delante al anciano que había encontrado horas antes, pero ya no veía la escoba. Veía al muchacho que en 1976 salió del Festival convertido en rey; al acordeonero que recibió una oportunidad para grabar un larga duración; al hombre que pudo escoger la seguridad de una voz reconocida y, sin embargo, decidió escuchar a un desconocido.
Y también veía, como en dos tiempos superpuestos, aquella vieja casa de La Junta donde mi abuela protestaba porque un cantante no hacía sino gritar. Mi abuela nunca supo que muchos años después yo terminaría sentado frente al hombre que se había atrevido a grabar con él. Tampoco yo podía saber, aquella mañana del 26 de abril, que sería la primera y única vez que vería a Náfer Durán.
Por eso ahora, cuando regreso mentalmente a El Paso, la imagen que primero aparece no es la del acordeón. Es la de la escoba. Náfer Durán, con 94 años según me dijo, barriendo el frente de la casa de sus padres.
Y después, unas horas más tarde, sentado bajo un palo de mango contándome que aquel joven del que tantos dudaron «salió fue como un satélite». Medio siglo había pasado. La voz seguía sonando en su memoria.

