La candidata presidencial Paloma Valencia ha sorprendido con un giro argumentativo que no pasó desapercibido. En sus recientes declaraciones, la aspirante del Centro Democrático arremetió contra las encuestas electorales, calificándolas de «chimbas» y comparándolas con los «contadores de los mafiosos». Según ella, no hay que creer en estos estudios de opinión.
La memoria selectiva de la candidata
Lo que la candidata parece haber omitido en su discurso es que, precisamente, fueron los resultados de una encuesta interna los que le otorgaron la victoria en la nominación de su partido. En ese momento, cuando los números la favorecían y le daban el aval para representar a su colectividad, las encuestas eran para ella instrumentos de medición serios y legítimos.
Hoy, al enfrentar un escenario donde la tendencia no le es favorable, el discurso cambió drásticamente. Calificar de «chimbas» a estos estudios de opinión pública, precisamente cuando los datos reflejan un desplome en su intención de voto, proyecta una imagen de inconsistencia que sus opositores no han dudado en señalar.
Entre la legitimidad y la conveniencia
Esta postura ha generado fuertes críticas en el ámbito político. Los analistas advierten que deslegitimar el trabajo de las firmas encuestadoras solo por conveniencia electoral debilita la confianza en el proceso democrático. Valencia parece haber adoptado la estrategia de «si me favorecen son válidas, si me perjudican son mentira», un juego peligroso que pone en tela de juicio su coherencia como aspirante a la Casa de Nariño.
Mientras la candidata insiste en restarle valor a las cifras, el país observa cómo el debate se traslada de las propuestas a una guerra contra los datos, dejando la duda sobre qué hará la campaña si los resultados oficiales en las urnas terminan coincidiendo con las encuestas que hoy tilda de fraudulentas.


