El sol apenas asoma sobre las aguas tranquilas de la ciénaga de Zapatosa y ya hay movimiento en Antequera, corregimiento del municipio de Tamalameque, Cesar. A esa hora, cuando el aire aún es fresco y los pájaros rompen el silencio con su canto, un grupo de mujeres se prepara para iniciar su jornada. No llevan máquinas ni herramientas sofisticadas. Llevan machetes, sogas, guantes… y una convicción que se ha vuelto su forma de vida: convertir la tarulla en sustento.
La jornada empieza en el agua. La tarulla, también conocida como jacinto de agua o buchón, crece en abundancia en la ciénaga, cubriendo la superficie como una alfombra verde. Lo que para muchos es una plaga que asfixia los cuerpos de agua, para estas mujeres es materia prima y oportunidad.
“Nos metemos desde temprano, porque cuando el sol sube es más difícil trabajar”, cuenta una de las artesanas mientras recoge los tallos flotantes. Cortan, amarran y cargan la planta hasta la orilla. Luego viene el proceso de limpieza, selección y secado, que puede tardar varios días bajo el sol del Cesar.
El tejido: paciencia, técnica y tradición

Entre risas, historias y silencios concentrados, las artesanas van dando forma a canastos, bolsos, tapetes, individuales, portavasos y otros elementos decorativos. Cada pieza requiere horas de trabajo. Algunas pueden tardar un día completo; otras, varios. Las manos se mueven con destreza, aprendida entre generaciones y perfeccionada con talleres y capacitaciones. “Esto no es solo tejer, es tener paciencia y amor por lo que hacemos”, dice otra de las integrantes del grupo.
Vender no siempre es fácil. Muchas de ellas dependen de ferias locales, eventos institucionales o pedidos por encargo. En ocasiones, comerciantes o intermediarios llegan hasta el corregimiento para comprar en volumen, aunque no siempre a precios justos.
Aun así, han logrado abrirse camino poco a poco. Algunas han aprendido a promocionar sus productos a través de redes sociales o con el apoyo de instituciones que las invitan a exposiciones en otras ciudades del Cesar y la región Caribe.
Los ingresos varían según la temporada y la cantidad de productos vendidos. No es una riqueza inmediata, pero sí un alivio constante. Para muchas, este trabajo representa su principal fuente de sustento. Con lo que ganan, compran alimentos, útiles escolares y aportan a los gastos del hogar. En varios casos, son el soporte económico de sus familias. “De esto vivimos. No es fácil, pero nos ha dado independencia”, afirma una de las líderes del proceso.

A través de estas asociaciones, las artesanas han contado en algunas ocasiones con acompañamiento de entidades públicas y organizaciones que promueven el emprendimiento femenino y la economía sostenible. Sin embargo, coinciden en que necesitan más respaldo, especialmente en comercialización, acceso a mercados y financiación.
El trabajo con la tarulla no solo genera ingresos. También contribuye a la limpieza de la ciénaga, ayudando a controlar una planta invasora que afecta el ecosistema. Así, su labor tiene un doble valor: económico y ambiental. En cada canasto o bolso hay horas de trabajo, pero también una historia de resistencia, de comunidad y de amor por el territorio.
Un tejido que no se detiene

Al caer la tarde, cuando el calor empieza a ceder, las mujeres recogen sus materiales. Algunas continúan tejiendo en casa, mientras atienden a sus hijos o preparan la comida. Al día siguiente, la rutina vuelve a empezar. La ciénaga las espera. La tarulla también.
Y ellas, con manos firmes y mirada decidida, siguen tejiendo algo más que artesanías: tejen oportunidades, dignidad y futuro para Antequera.
