En los pasillos del poder y en las pantallas de Semana TV, ha quedado al descubierto lo que muchos analistas califican como una «jugada maestra» de ajedrez político. Mientras el país se incendia en el debate sobre la necesidad de una Asamblea Nacional Constituyente, el senador Iván Cepeda ha mantenido una postura que, a simple vista, parece de indiferencia o cautela. Sin embargo, detrás de esa aparente tibieza, se escondería un «truquito» diseñado para pavimentar el camino sin levantar las alarmas de la oposición.
La táctica del «Caballo de Troya»
El análisis revelado en Semana: El Debate sugiere que Cepeda no es que no quiera la Constituyente; es que sabe que imponerla por la fuerza sería un suicidio político. El «truquito» consistiría en lo siguiente:
- El Acuerdo Nacional como fachada: Cepeda insiste en que la prioridad es un «Acuerdo Nacional». El truco radica en que, si dicho acuerdo no se logra por las vías ordinarias (Congreso), la Constituyente aparecería entonces no como un capricho del Gobierno, sino como la «única salida legítima» que el pueblo reclama.
- La «Vaca» y las firmas: Mientras el senador mantiene un discurso diplomático en los medios, en las plazas públicas y eventos de campaña se reporta una actividad frenética de recolección de firmas y fondos. Es el juego del «policía bueno» y el «policía malo»: el líder habla de paz, mientras las bases preparan la maquinaria para el cambio constitucional.
- Desgaste institucional: Al mostrarse «indiferente», Cepeda logra que la oposición se desgaste atacando un fantasma, mientras el proyecto real sigue avanzando en los territorios bajo el concepto de «poder constituyente primario».
¿Qué hay en juego?
Para sus críticos, este comportamiento es una forma de «solapamiento» político. Para sus defensores, es la prudencia necesaria para evitar una polarización aún mayor. Lo cierto es que la ley colombiana es clara: una Constituyente requiere un proceso riguroso en el Congreso y una votación popular que hoy parece cuesta arriba.
El «truquito» de Cepeda busca, precisamente, saltarse el rechazo inicial de las élites políticas apelando a una «movilización social» que, al final del día, obligue a las instituciones a ceder. ¿Es una genialidad política o una trampa a la democracia? El debate está más vivo que nunca.

