Por Diego Armando Borrego
Una mañana cualquiera, en el chat de “Familia” llega una imagen: dos fotos de candidatos y una tabla de porcentajes. Abajo, una frase corta: “Última encuesta. Compartan antes de que la bajen”. En minutos, ya está en otros grupos, en estados de WhatsApp y en Facebook. Nadie sabe quién la hizo, pero muchos la dan por cierta.
Ese es el camino típico de las encuestas falsas en redes: piezas rápidas, fáciles de enviar y difíciles de comprobar cuando se ven por primera vez.
No todo lo que tiene números es una encuesta
En las campañas se comparte de todo: capturas, gráficos, “datos internos”, votaciones de Instagram, encuestas caseras por Telegram. El problema aparece cuando esas publicaciones se presentan como si fueran estudios serios, aunque no muestran lo básico: a cuántas personas preguntaron, en qué lugares, en qué fechas, con qué método y quién la pagó.
A veces la trampa es más sencilla: no inventan una encuesta, sino que reviven una vieja y la hacen pasar por “la última”, o recortan una gráfica para que parezca que alguien subió o bajó más de la cuenta.
¿Por qué pueden cambiar de opinión?

Aunque muchas personas juran que “a mí no me influyen”, estos contenidos suelen mover algo más sutil: la sensación de quién va ganando y quién “no tiene opción”. Y esa percepción afecta decisiones.
“Me voy con el que va arriba”
Si una imagen repite que un candidato “ya ganó”, algunos se suben al carro por simpatía, por presión del entorno o por la idea de “no quedarse por fuera”.
Voto útil: “mejor apoyo al que sí puede”
Si alguien cree que su favorito está muy abajo, puede cambiarse al que ve más fuerte. No porque le guste más, sino para “no perder el voto”.
Desánimo o exceso de confianza
Una falsa ventaja puede desmotivar (“para qué salgo si ya está definido”) o relajar al que va ganando (“ya está hecho”). En ambos casos, puede afectar participación y movilización.
Más pelea, menos conversación
Estas “encuestas” suelen subir la temperatura: se vuelven munición para burlas, insultos y acusaciones de fraude. Al final, el daño no es solo para un candidato, sino para la confianza pública.
Por qué se riegan tan rápido
Hay tres razones muy simples:
- Se entienden en segundos: un número grande convence más que un texto largo.
- Vienen “vestidas” de autoridad: usan logos, tipografías o nombres que suenan oficiales.
- Apelan a la emoción: urgencia (“compartan ya”), miedo (“nos están robando”) o celebración (“arrasamos”).
Señales para desconfiar (en 30 segundos)
Antes de reenviar, vale la pena revisar:
- ¿Trae ficha técnica completa? (muestra, ciudades/zonas, fechas, quién la hizo, quién la contrató). Si no está, es una alerta.
- ¿Hay algún enlace verificable? Una encuesta real normalmente se puede rastrear a un medio, universidad o firma con página y publicación original.
- ¿Tiene fecha clara? Si no dice cuándo se realizó, puede ser reciclada.
- ¿Parece “demasiado perfecta”? Números cerrados y frases grandilocuentes sin explicación suelen ser señal de montaje.
- ¿Te presiona a compartir? El “reenviar antes de que lo borren” es un clásico para que nadie verifique.
Qué se puede hacer (sin ser experto)
No hace falta ser estadístico para cuidarse. Dos hábitos ayudan mucho:
- Buscar el origen: no la imagen reenviada, sino la publicación inicial (sitio del medio, cuenta oficial, comunicado).
- Comparar: si solo existe en cadenas y no aparece en ninguna fuente reconocible, lo más prudente es no darlo por cierto.
Las elecciones no se manipulan únicamente con discursos: también con la idea de “quién va ganando”. Por eso las encuestas falsas son tan útiles para quien quiere confundir: empujan una historia rápida (victoria segura, caída libre, “remontada”) y la repiten hasta que parezca real.
En tiempos de campaña, compartir con cuidado también es una forma de participación: menos reenvíos automáticos, más verificación básica. Eso protege la conversación pública y, al final, protege el voto.
