Carlos Suárez, la sombra del choque Uribe-Abelardo

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La publicación de un cartel contra cinco influenciadores cercanos al presidente electo volvió a encender el choque Uribe-Abelardo. Sin embargo, detrás de la disputa por la Presidencia del Senado y de la guerra en redes aparece un nombre que incomoda desde la campaña: Carlos Suárez, el estratega que diseñó la ruta electoral que llevó a Abelardo de la Espriella al poder.

El enfrentamiento no puede atribuirse exclusivamente a Suárez. También están en juego la defensa del Centro Democrático, la creación de un nuevo partido y el control político de la derecha. No obstante, el choque entre el asesor y Álvaro Uribe fue uno de los primeros síntomas de una ruptura que ahora se manifiesta abiertamente.

Un cartel llevó la pelea a las redes sociales

El Centro Democrático publicó las fotografías y los nombres de Vincent Ramos, Oswaldo Ortiz, Santiago Giraldo, Miguel Zárate y Alejandro Bermeo, creadores de contenido identificados con el proyecto político de Abelardo de la Espriella.

La colectividad aseguró que estas personas habían “maltratado” al partido durante los últimos seis meses. Además, las calificó como influenciadores pagos y cuestionó la presencia de algunos de ellos en el Congreso durante la elección de las mesas directivas.

“¿Qué hacían ayer en el Congreso? ¿Entonces es otro medio de presión contra el Centro Democrático?”, preguntó el partido en la publicación que acompañó el cartel. Los señalados rechazaron el mensaje y lo interpretaron como un perfilamiento. Algunos anunciaron que continuarían cuestionando al uribismo y defendieron su participación en la campaña digital que acompañó a De la Espriella.

El episodio confirma que la confrontación dejó de ser una diferencia limitada a congresistas y dirigentes. Ahora involucra a los comunicadores y activistas digitales que ayudaron a construir el relato político del presidente electo.

El primer gran quiebre tuvo nombre propio

Antes de la elección de Honorio Henríquez como presidente del Senado, Uribe ya sostenía una confrontación directa con Carlos Suárez, director de la firma Estrategia y Poder y principal arquitecto de la campaña de De la Espriella.

Suárez había presentado la victoria de Abelardo como el cierre de varias décadas de predominio político del uribismo. También interpretó la derrota de Paloma Valencia en la primera vuelta como un castigo ciudadano contra un establecimiento que calificó de decadente.

Sus declaraciones tocaron el punto más sensible de Uribe: la idea de que el triunfo de De la Espriella no representaba la continuidad de su proyecto, sino el nacimiento de un nuevo liderazgo llamado a sustituirlo.

La respuesta del expresidente fue inmediata. Uribe llamó a Suárez “bandido”, “cobarde” y “solapado”. Además, lo acusó de utilizar estrategias de marketing político sucio y de financiar contenidos que, según él, buscaban vincular a su familia con negocios relacionados con el partido.

Uribe respaldó a Abelardo, pero no a su estratega

Durante la segunda vuelta, Uribe y el Centro Democrático respaldaron a De la Espriella para impedir el triunfo de Iván Cepeda. Sin embargo, ese apoyo electoral nunca consiguió borrar la desconfianza hacia el equipo que rodeaba al entonces candidato.

En abril, cuando Paloma Valencia todavía competía por la Presidencia, Uribe ya advertía que sectores de la campaña de Abelardo maltrataban a su candidata y a quienes la acompañaban. Después del balotaje, la tensión dejó de estar contenida por la necesidad de derrotar a la izquierda.

La paradoja quedó expuesta: Uribe acompañó al candidato que terminaría ganando la Presidencia, pero consideraba adversario al hombre que diseñó su estrategia. La alianza electoral logró ocultar durante algunas semanas esa contradicción, aunque no pudo resolverla.

El Senado convirtió la grieta en una batalla abierta

La disputa alcanzó su punto más alto con la elección de la Presidencia del Senado. Abelardo respaldó a Alfredo Deluque, del Partido de la U, mientras el Centro Democrático impulsó a Honorio Henríquez. Uribe sostuvo que su colectividad, por ser la mayor fuerza de la coalición que apoyaría al nuevo gobierno, debía ocupar ese cargo. También manifestó que el respaldo del presidente electo a Deluque desconocía el peso político y electoral del uribismo.

Finalmente, Henríquez fue elegido con 56 votos, frente a los 45 obtenidos por Deluque. Para lograrlo recibió el apoyo del Centro Democrático, sectores de otras colectividades y congresistas del Pacto Histórico. El resultado fue interpretado como la primera derrota política de De la Espriella antes de asumir el poder.

Aunque se habló de una alianza entre Uribe y el petrismo, el acuerdo parece haber sido principalmente coyuntural. Ambos sectores compartían el propósito de impedir que el presidente electo impusiera a su candidato, pero mantienen profundas diferencias políticas e ideológicas.

El nuevo partido también preocupa al uribismo

La pelea no se limita al Senado ni a Carlos Suárez. Uribe también ha expresado preocupación por la intención de convertir a Defensores de la Patria en una organización política con personería jurídica. Según el expresidente, después de la segunda vuelta De la Espriella le habría dicho que no intervendría en la elección del Congreso y que no crearía un partido propio. Esa es la versión de Uribe, quien considera que ambos compromisos estarían siendo desconocidos.

Defensores de la Patria presentó formalmente ante el Consejo Nacional Electoral la solicitud para obtener personería jurídica. El reconocimiento le permitiría entregar avales, presentar candidatos y competir directamente por el electorado conservador y de derecha.

Para el Centro Democrático, el riesgo es evidente. El movimiento construido alrededor de Abelardo podría terminar disputándole sus dirigentes, sus bases regionales y una parte importante de los votantes que durante años encontraron en Uribe su principal referente.

Una batalla por el liderazgo de la derecha

En el fondo, el choque Uribe-Abelardo refleja una discusión más profunda: quién ejercerá el liderazgo de la derecha durante los próximos años.

Uribe conserva una bancada numerosa, una estructura nacional y una influencia determinante dentro del Centro Democrático. De la Espriella, por su parte, llega a la Presidencia con cerca de 13 millones de votos y con una maquinaria comunicativa que logró imponerse por fuera de los partidos tradicionales.

Carlos Suárez representa precisamente ese nuevo modelo. Su estrategia convirtió las redes sociales, los contenidos emocionales y la comunicación directa en herramientas centrales de la campaña. La Presidencia fue conquistada sin que el candidato dependiera completamente de la estructura uribista.

Esa autonomía electoral explica parte de la tensión. Abelardo necesitó los votos del Centro Democrático en la segunda vuelta, pero su triunfo también demostró que podía construir una fuerza propia. Uribe respaldó al ganador, aunque ahora busca impedir que ese nuevo proyecto termine debilitando al partido que fundó.

La alianza continúa, pero ya no es incondicional

Después de la elección del Senado, De la Espriella felicitó a Honorio Henríquez y manifestó respeto por la decisión del Congreso. El Centro Democrático, a su vez, anunció que respaldará las iniciativas del gobierno que coincidan con sus principios en seguridad, empresa privada, reducción del Estado y política social.

Sin embargo, la colectividad dejó constancia de su preocupación por la intervención que percibió desde el entorno del presidente electo y por lo que denominó “gestos de confrontación”.

La relación, por tanto, no está completamente rota. Uribe y Abelardo siguen coincidiendo en buena parte de sus propuestas. Pero el respaldo automático que parecía existir después de las elecciones fue reemplazado por una alianza vigilada, condicionada y atravesada por la desconfianza.

Carlos Suárez no es la única causa del enfrentamiento. Sin embargo, su pelea con Uribe abrió la primera grieta visible. La elección del Senado, el surgimiento de Defensores de la Patria y la guerra entre influenciadores hicieron el resto. Lo que comenzó como una disputa entre un expresidente y un estratega terminó revelando una batalla por el control de la nueva derecha colombiana.

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