Durante generaciones, en sectores rurales del Caribe colombiano ser “burrero” tuvo un significado que cualquier costeño podía entender: el hombre que tenía relaciones sexuales con una burra. La práctica pasó por la oralidad, los chistes, los relatos de iniciación masculina y hasta por la literatura. Ahora, la ley contra la zoofilia convierte esa conducta en un delito autónomo que puede llevar a prisión.
El presidente Abelardo De La Espriella sancionó la Ley 2627 del 24 de agosto de 2026, que adiciona al Código Penal el delito de acceso carnal a animales. La norma marca un cambio profundo: una conducta que durante décadas encontró espacios de tolerancia, silencio o burla social pasa a recibir una respuesta penal directa del Estado.
La transformación resulta especialmente significativa en el Caribe. Allí existe un amplio acervo sociológico, científico, periodístico y literario que documenta el llamado “burreo” y su relación con ciertas formas tradicionales de masculinidad; sin embargo, esa evidencia no permite afirmar que todos los hombres costeños practicaran esa conducta ni que fuera exclusiva de la región.
El “burrero” como personaje de la cultura costeña
En buena parte del Caribe colombiano, la palabra “burrero” adquirió un sentido distinto al relacionado con la crianza o manejo de asnos. En el lenguaje popular identifica al hombre que sostiene relaciones sexuales con burras. Esa asociación llegó a convertirse también en un estereotipo utilizado desde otras regiones para burlarse de los costeños.
La existencia de la práctica, sin embargo, trasciende el chiste. Un reportaje publicado por El Pilón en 2020 recopiló relatos sobre relaciones sexuales con burras transmitidos mediante la oralidad en Cesar, Magdalena y La Guajira. Marino Zuleta, veterinario de Corpocesar consultado entonces, aseguró que durante las décadas de 1980 y 1990 estas conductas aparecían con frecuencia en zonas rurales. También aclaró que existían casos en otras regiones de Colombia.
En esos contextos, el asno era además un integrante cotidiano de la economía campesina. Servía para transportar agua, leña, pasto, alimentos y productos agrícolas. La presencia constante de estos animales, el aislamiento rural y las limitaciones que afrontaban muchos adolescentes para relacionarse sexualmente con mujeres aparecen entre las explicaciones recogidas alrededor del fenómeno.
Por eso, hablar de una práctica cultural documentada no equivale a declarar que todo el Caribe la aprobaba. Hubo familias que la castigaban, hombres que nunca la practicaron y comunidades donde generaba vergüenza. Además, reducir al costeño a la figura del “come burra” reproduce un estigma que las propias investigaciones obligan a matizar.
La iniciación sexual de los jóvenes

Uno de los elementos que se repite en las fuentes es la vinculación del “burreo” con la iniciación sexual masculina. En algunos grupos juveniles, la experiencia podía presentarse como prueba de virilidad, paso hacia la adultez o aprendizaje previo a las relaciones sexuales con mujeres.
El investigador Orlando Scoppetta estudió en 2009 las trayectorias sexuales y reproductivas de 16 hombres pertenecientes a tres generaciones de San Antero, Córdoba. Su investigación, publicada en Papeles de Población, aborda expresamente el comportamiento sexual, la iniciación sexual y el bestialismo dentro del contexto de la costa Atlántica colombiana. El trabajo advierte, además, sobre las limitaciones de la educación sexual y de la comunicación entre generaciones.
Décadas antes, Orlando Fals Borda había incluido el fenómeno dentro de su monumental Historia doble de la Costa. Al analizar el machismo y la colonización en el Caribe, el sociólogo se refirió a expresiones de zoofilia o “burreo” como técnicas alternas al desarrollo de la masculinidad. Su observación estaba situada, principalmente, en el Sinú, las sabanas y la Depresión Momposina.
Esos trabajos permiten entender que el fenómeno no surgió de una leyenda urbana reciente. Por el contrario, entró hace décadas en el campo de observación de las ciencias sociales colombianas.
De la burra a “María Casquito”
La cultura popular, incluso, desarrolló un vocabulario propio. La burra utilizada en estos relatos podía recibir diferentes nombres según el lugar y la tradición oral. El escritor monteriano Lelis Enrique Movilla llevó ese universo al libro Señor, aguánteme la burra. Una reseña publicada por El Espectador en 2008 describe la obra como un recorrido por una práctica extendida y vinculada históricamente con la iniciación sexual de adolescentes costeños.
Allí aparece, precisamente, “María Casquito”. Movilla recoge distintas denominaciones populares para la burra: asna, pollina, meneca, cachona, meneja y María Casquito. El nombre muestra hasta qué punto el animal entró también en el lenguaje jocoso y en el folclor asociado con aquella experiencia masculina.
Por supuesto, la existencia de humor alrededor de la práctica no elimina el abuso sobre el animal. Ese es, precisamente, uno de los cambios de perspectiva que explica la ley contra la zoofilia: el foco deja de estar únicamente en la experiencia del hombre y pasa a la integridad del ser sintiente utilizado para satisfacerla.
García Márquez, Gómez Jattin y las burras en la literatura
La literatura del Caribe tampoco permaneció ajena. John William Archbold, investigador de la Universidad del Atlántico, estudió el fenómeno en el artículo “Recreación de la zoofilia en la obra de cuatro autores del Caribe colombiano”, publicado por la Universidad de Antioquia.
Su trabajo analiza textos de Gabriel García Márquez, Jaime Manrique, Ramón Molinares y Raúl Gómez Jattin. Archbold parte de una constatación significativa: la copulación con burras constituye una de las referencias culturales más conocidas de la costa norte colombiana. Además, encuentra una relación recurrente entre esa práctica y el afianzamiento de la virilidad masculina.
En Cien años de soledad, por ejemplo, García Márquez introduce el tema a través de José Arcadio Segundo. Durante la preparación para su primera comunión, el personaje escucha referencias a relaciones sexuales con animales y termina conociendo la existencia de hombres que buscan burras. Raúl Gómez Jattin también convirtió la relación entre hombres, animales, deseo y transgresión en materia literaria. De esta manera, aquello que ocurría en montes y corrales terminó atravesando poesía, novela, ensayo y crítica académica.
La Junta y una memoria alrededor de Diomedes Díaz
Una crónica publicada en Comarca Literaria en 2014 ofrece una ventana particularmente cercana a ese mundo. El texto, titulado “Diomedes Díaz, ¿de burrero, en la adolescencia, a mujeriego, en la fama?”, reconstruye la vida juvenil en La Junta, La Guajira, cuando ese pueblo era todavía un pequeño caserío de costumbres profundamente conservadoras.
Según la crónica, los muchachos podían observar a las jóvenes mientras lavaban en el río, muchas veces acompañadas por sus madres. Además, no existía una zona de tolerancia en el pueblo y viajar hasta San Juan del Cesar requería un dinero que numerosos adolescentes campesinos no tenían. En ese contexto aparecen el monte, los corrales, las burras y las vacas dentro de una sexualidad masculina que se desarrollaba casi clandestinamente.
Allí aparece también Diomedes Díaz, mucho antes de convertirse en el Cacique de La Junta. La crónica recoge el testimonio de Jorge Félix Acosta Mendoza, amigo del futuro cantante, quien relató una travesura de adolescencia relacionada con una burra. El propio texto presenta a Diomedes no como una excepción, sino como uno de los jóvenes que crecieron dentro de aquellas costumbres rurales.
Es necesario hacer una precisión periodística. Se trata de memoria oral recogida en una crónica, no de un hecho certificado mediante expediente judicial, documento oficial o investigación científica sobre Diomedes Díaz. Su valor está precisamente en otro lugar: sirve como testimonio de cómo determinadas prácticas eran recordadas y narradas dentro de la comunidad.
Además, el episodio adquiere sentido cuando se observa la trayectoria posterior del cantante. Diomedes comenzó a hacer sus primeros intentos musicales en La Junta y terminó convirtiéndose en una de las figuras centrales del vallenato. Por eso, aquella anécdota juvenil conecta la memoria íntima de un pueblo con una discusión cultural mucho más amplia.
La misma crónica recuerda otro episodio. Un grupo de adolescentes tuvo relaciones sexuales con vacas de un corral. Al descubrirlo, el abuelo de uno de ellos lo amarró a un árbol, lo castigó mientras le gritaba “¡Toro, toro!” y lo expuso ante los vecinos. Durante un tiempo, el muchacho perdió su nombre frente al apodo de “Toro”.
La escena resulta reveladora. La conducta podía formar parte de las aventuras sexuales de algunos grupos juveniles y, al mismo tiempo, provocar rechazo y castigo dentro de la propia comunidad. Cultura no significa unanimidad ni aceptación absoluta.
De la sanción social a la sanción penal

Durante mucho tiempo, las consecuencias de estas conductas podían quedar en el ámbito familiar o comunitario. Había apodos, castigos, vergüenza, chistes y relatos que sobrevivían durante años. La ley contra la zoofilia cambia esa lógica. Desde el 24 de agosto de 2026, el Estado colombiano cuenta con una figura penal específica para perseguir el acceso carnal a animales. El Sistema de Información Doctrinario y Normativo de la Rama Judicial confirma que la Ley 2627 adicionó los artículos 339D y 339E al Código Penal y modificó el título correspondiente a los delitos contra los animales.
La pena básica va de 48 a 55 meses de prisión; además, existen multas, inhabilidades para desarrollar actividades relacionadas con animales y prohibiciones para adquirirlos, tenerlos, cuidarlos o refugiarlos. Los agravantes aumentan considerablemente la sanción. Entre ellos, figuran la participación de varias personas, el abuso contra más de un animal, la repetición de la conducta, la sevicia, la comisión en espacios públicos y la grabación o difusión mediante plataformas digitales. Según la senadora Esmeralda Hernández, las condenas pueden alcanzar 140 meses de cárcel; es decir, más de once años.
La norma excluye los procedimientos médicos veterinarios, zootécnicos, diagnósticos y reproductivos realizados de manera legítima. Además, ordena a la Fiscalía crear un protocolo especial de investigación en un plazo de seis meses. El Gobierno también deberá desarrollar acciones de prevención y sensibilización.
Una ley de izquierda sancionada por un presidente de derecha
La historia tiene además una particularidad política. La ley contra la zoofilia no nació como una cruzada moral promovida exclusivamente por sectores conservadores. Su principal impulsora fue la senadora Yuly Esmeralda Hernández Silva, dirigente animalista del Pacto Histórico.
La propia congresista reivindicó el origen político del proyecto después de su sanción. Hernández sostuvo que la ley era de autoría del Pacto Histórico y recordó que empezó a trabajarse durante el gobierno de Gustavo Petro. Para ella, la iniciativa demuestra el compromiso de ese proyecto político con la defensa de los animales y otras formas de vida.
Sin embargo, el trámite tampoco puede presentarse como una iniciativa exclusivamente de izquierda. La ficha oficial de la Cámara registra como coautores a congresistas de distintas tendencias. Entre ellos aparecen Álex Flórez, Isabel Zuleta y Julián Gallo, pero también los conservadores Germán Blanco y Nicolás Echeverry, además de Antonio José Correa y otros legisladores. El proyecto fue radicado inicialmente en el Senado el 20 de julio de 2024.
La paradoja política resulta atractiva: una senadora del Pacto Histórico lideró la iniciativa durante el gobierno de Gustavo Petro y, dos años después, Abelardo De La Espriella sancionó la ley como presidente de la República; no obstante, el punto de encuentro entre esos sectores no parece estar únicamente en una valoración moral de la sexualidad humana. El argumento central de la legislación contemporánea se encuentra en otro lugar: el animal ya no aparece, simplemente, como objeto disponible para el hombre, sino como un ser sintiente cuya integridad merece protección.
Cuando una práctica cultural entra al Código Penal
La ley contra la zoofilia plantea así una discusión que trasciende las penas. Colombia está modificando jurídicamente la mirada sobre una conducta que durante generaciones encontró espacios dentro de determinadas formas de masculinidad rural.
En algunos lugares fue iniciación sexual. En otros produjo vergüenza. También fue chiste, apodo, relato campesino y material literario. Fals Borda la observó desde la sociología; investigadores posteriores la estudiaron desde la sexualidad y las masculinidades; García Márquez y Gómez Jattin la incorporaron a la literatura; “María Casquito” terminó convertida en personaje del imaginario popular.
La nueva legislación introduce otra mirada. Lo que antes podía narrarse desde la experiencia sexual del muchacho ahora se observa desde el daño al animal. Ese desplazamiento cultural explica, en buena medida, por qué una práctica conocida desde hace generaciones puede recibir hoy una valoración completamente diferente.
Para el Caribe colombiano, la discusión tiene una resonancia particular. No porque todos los costeños hayan sido “burreros”, ni porque estas conductas solo existieran en esta región. La relevancia está en que aquí dejaron una huella documentada en la oralidad, la sociología, la literatura y la memoria campesina.
Desde agosto de 2026, sin embargo, apareció una frontera nueva. “Burrear” dejó de ser únicamente una expresión del viejo vocabulario sexual costeño. Si implica acceso carnal a un animal, ahora también puede convertirse en la palabra que anteceda a una investigación penal y a una condena de cárcel.


