El vallenato está de luto. El maestro Ovidio Enrique Granados Melo, conocido como ‘El Viejo Villo’ y llamado por muchos ‘el cirujano del acordeón’, falleció en Valledupar a los 84 años, dejando una huella profunda en la música vallenata, en la reparación de acordeones y en una de las dinastías más respetadas del folclor colombiano.
El adiós al ‘cirujano del acordeón’
La noticia de su muerte estremeció al mundo vallenato este viernes 5 de junio. Ovidio Granados no fue un músico más: fue uno de esos hombres que entendió el acordeón por dentro y por fuera, capaz de devolverle vida a un instrumento enfermo y de afinar el alma de una parranda con solo tocar unas notas.
Su partida enluta a Valledupar, a Mariangola, al Festival de la Leyenda Vallenata y a todos los músicos que alguna vez llegaron hasta su taller buscando una reparación, un consejo o una bendición musical.
Granados era considerado uno de los técnicos de acordeón más respetados del país. Por sus manos pasaron instrumentos de reyes, juglares, aprendices y grandes figuras del vallenato, lo que le dio un lugar único en la historia del género.
¿Quién fue Ovidio Granados?
Un juglar nacido en Mariangola
Ovidio Enrique Granados Melo nació en octubre de 1941 en Mariangola, corregimiento de Valledupar. Desde niño se acercó al acordeón, primero como curioso, luego como intérprete y finalmente como maestro en el difícil oficio de arreglarlo.
Aprendió observando, escuchando y desarmando el instrumento con paciencia. Con el tiempo, ese conocimiento empírico lo convirtió en una autoridad para los acordeoneros del Caribe colombiano.
El hombre que vivía entre fuelles y notas
Su taller fue durante décadas un punto de encuentro para músicos vallenatos. Allí, entre fuelles, pitos, lengüetas, tornillos y recuerdos, Ovidio Granados ajustaba acordeones y también transmitía conocimiento.
No necesitaba grandes avisos ni publicidad. En el mundo vallenato todos sabían que donde Villo llegaba un acordeón desafinado, podía salir un instrumento listo para sonar en festival, parranda o tarima.
Su historia con el Festival Vallenato
Ovidio Granados también quedó en la memoria del Festival de la Leyenda Vallenata por una historia tan curiosa como admirable: fue segundo en las ediciones de 1968, 1975 y 1983.
En 1968 compitió en el primer Festival Vallenato, en el que Alejandro Durán se coronó como el primer Rey Vallenato. Aunque la corona le fue esquiva, su nombre quedó grabado entre los grandes.
Con humor, solía bromear con que podían terminar llamándolo “Ovidio Segundo”, por las veces que ocupó ese lugar. Pero la historia terminó haciéndole justicia: la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata lo exaltó como Rey Vallenato Vitalicio, un reconocimiento reservado para figuras de enorme aporte al folclor.
Patriarca de una dinastía vallenata
Ovidio Granados fue el patriarca de una familia profundamente ligada al acordeón. Su dinastía entregó grandes nombres al vallenato, entre ellos sus hijos Hugo Carlos Granados y Juan José Granados, además de su hermano Almes Granados, todos reconocidos en el universo festivalero.
Más que una familia de músicos, los Granados representan una escuela, una tradición y una manera de entender el vallenato desde la raíz.
Con la muerte de Ovidio Granados se apaga una voz sabia, pero no se apaga su legado. Cada acordeón que reparó, cada músico que orientó y cada historia que dejó en Valledupar siguen sonando como parte de la memoria viva del folclor.

Compositor y guardián de canciones
Además de técnico y acordeonero, Ovidio Granados también fue compositor. Entre las obras asociadas a su nombre aparece La guajirita, canción interpretada por Diomedes Díaz y publicada décadas después de haber sido grabada.
Ese episodio volvió a poner su nombre en la conversación nacional, recordando que Granados no solo entendía el sonido del acordeón, sino también la sensibilidad de la composición vallenata.
Un legado que queda en el alma del vallenato
La muerte de Ovidio Granados representa una pérdida enorme para el folclor. Su vida fue una lección de amor por el instrumento que identifica al vallenato y por una tradición que supo cuidar con humildad, oído fino y disciplina.
Valledupar despide a uno de sus maestros más queridos. Mariangola pierde a uno de sus hijos ilustres. El vallenato, en cambio, conserva para siempre el eco de un hombre que vivió entre acordeones y que ayudó a que muchas notas llegaran limpias al corazón del pueblo.
Ovidio Granados no se va del todo: queda sonando en cada acordeón que alguna vez pasó por sus manos.


