En un movimiento que muchos califican como una «jugada maestra» de distracción o un sueño imposible, el presidente Gustavo Petro ha soltado una bomba: regalarle la nacionalidad colombiana a millones de venezolanos y que los colombianos obtengan la de allá. Bajo el romántico lema de la «hermandad», se esconde una propuesta que podría cambiar para siempre el censo y el mapa electoral del país.
Esta idea, que parece sacada de un libro de historia antigua, pretende que ya no existan extranjeros entre nosotros, eliminando de un plumazo las leyes migratorias que tanto esfuerzo ha costado mantener.
¿Unión real o un salto al vacío?

Mientras el gobierno habla de «justicia social», en las calles el sentimiento es de incertidumbre. Muchos se preguntan si nuestros hospitales y escuelas, que ya están al límite, podrán aguantar que millones de personas más tengan los mismos derechos de la noche a la mañana. No es falta de cariño, es que las cuentas simplemente no cuadran.
Los puntos más espinosos de la propuesta:
- El riesgo de seguridad es incalculable, ya que abrir la puerta de la nacionalidad de par en par podría facilitar que personas con antecedentes se camuflen entre la gente honesta.
- Expertos advierten que esto podría ser un cheque en blanco para ganar votos, diluyendo la identidad nacional en un momento de crisis política.
- Venezuela no ha dicho ni una palabra clara, lo que deja a Colombia como el único que está dispuesto a ceder en este «matrimonio» forzado.
¿Identidad en oferta?
Para los críticos más ácidos, esto no es más que poner en oferta la cédula colombiana para tapar los problemas internos del país. Al final, lo que se vende como un acto de amor latinoamericano podría terminar siendo el inicio de un caos administrativo sin precedentes, donde la soberanía nacional se entrega a cambio de un aplauso en la plaza pública.