Espuma, aguas oscuras, vertimientos, erosión y pérdida de cobertura vegetal conforman el panorama de un río estratégico que conecta a La Guajira y el Cesar con la Ciénaga de Zapatosa y el Magdalena.
Las imágenes recientes del río Cesar, a la altura del puente Salguero, despertaron nuevamente la preocupación ambiental en Valledupar. En ese sector, ciudadanos y líderes sociales reportaron espuma abundante, aguas de tonalidad marrón y malos olores, signos visibles de una posible carga contaminante que requieren verificación técnica mediante muestreos de laboratorio.
La escena no representa un problema aislado. El deterioro del río aparece documentado desde hace años en estudios, procesos judiciales y planes ambientales. Sin embargo, durante 2026 la discusión adquirió una nueva dimensión, luego de que Corpocesar revelara un diagnóstico crítico sobre el sistema formado por el río Cesar y la Ciénaga de Zapatosa.
Un río que conecta todo el departamento
El río Cesar recorre cerca de 280 kilómetros desde la Sierra Nevada de Santa Marta. En su trayecto atraviesa un extenso valle y recibe aportes de diferentes corrientes antes de entregar sus aguas al sistema de Zapatosa y, posteriormente, al río Magdalena.
Por esa razón, su estado no afecta solamente a las comunidades ubicadas cerca de Valledupar. Todo lo que llega al cauce puede desplazarse aguas abajo y ejercer presión sobre humedales, zonas agrícolas, ecosistemas acuáticos y poblaciones que dependen de la pesca y de otras actividades productivas.
Corpocesar insiste en que el río debe entenderse como parte de una red ecohidrológica interconectada. Esa red incluye caños, humedales, tributarios y la cuenca del Magdalena. Además, cumple una función clave en la regulación hídrica del norte colombiano.
El problema, entonces, supera la presencia de espuma en un punto específico. La situación compromete la capacidad del sistema para transportar agua, sostener biodiversidad, regular inundaciones y conservar los medios de vida de las comunidades ribereñas.
Un diagnóstico oficial preocupante
En junio de 2026, Corpocesar informó que el 72,5 % de las áreas evaluadas presenta degradación extrema, mientras otro 27,3 % registra una alteración fuerte. La autoridad ambiental relacionó este deterioro con la contaminación, la deforestación y los cambios en el uso del suelo.
Las cifras reflejan una cuenca sometida a presiones acumuladas. A lo largo de su recorrido, el río recibe aguas residuales, sedimentos, residuos y cargas procedentes de diferentes actividades humanas. Al mismo tiempo, la eliminación de vegetación en zonas cercanas favorece la erosión y facilita que mayores cantidades de suelo lleguen al cauce.
La reducción del caudal también representa una amenaza. Cuando circula menos agua, el río pierde capacidad para diluir algunos contaminantes. Además, aumenta la exposición de sus orillas, se concentra la carga orgánica y pueden deteriorarse las condiciones necesarias para la vida acuática.
Corpocesar también ha advertido sobre el aumento de la erosión. Este proceso modifica las márgenes, transporta sedimentos y puede reducir la profundidad de los cuerpos de agua conectados con la cuenca.
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Las aguas residuales, una deuda histórica
Uno de los puntos más sensibles se encuentra en la zona donde opera el sistema de tratamiento de aguas residuales de Valledupar. Durante años, las lagunas de El Salguero y El Tarullal han aparecido en denuncias ambientales relacionadas con la calidad de los vertimientos que llegan al río Cesar.
La Procuraduría interpuso una acción popular después de constatar el alto grado de contaminación al que, según el organismo de control, estaban expuestas las corrientes por los vertimientos procedentes de esas lagunas. El Tribunal Administrativo del Cesar admitió la solicitud orientada a proteger el equilibrio ecológico, los recursos naturales y la calidad de vida de las poblaciones ubicadas aguas abajo.
Este antecedente resulta clave para entender el estado actual del río. La contaminación orgánica consume el oxígeno disponible en el agua. Cuando esa demanda aumenta, peces, microorganismos y otras especies encuentran condiciones menos favorables para sobrevivir.
El Plan de Ordenamiento del Recurso Hídrico del río Cesar, disponible en Corpocesar, ya había identificado incumplimientos en parámetros como los sólidos suspendidos totales y la demanda bioquímica de oxígeno en algunos tramos estudiados. El documento también recomendó fortalecer el control de vertimientos y mantener una red permanente de monitoreo.
Aunque ese plan utiliza campañas antiguas como parte de su línea base, permite comprobar que el deterioro no comenzó con las denuncias de julio de 2026. El río arrastra una problemática estructural que no ha recibido todavía una solución integral.

La espuma es una alerta, no un resultado de laboratorio
La espuma observada cerca del puente Salguero representa una señal que merece investigación inmediata. Sin embargo, una fotografía por sí sola no permite determinar qué sustancias contiene el agua ni identificar con certeza el origen del fenómeno.
La espuma puede asociarse con materia orgánica, detergentes, compuestos tensioactivos o procesos naturales. Por eso, las autoridades deben tomar muestras en varios puntos, medir caudales y analizar parámetros microbiológicos y fisicoquímicos.
También resulta necesario comparar muestras tomadas antes y después de los principales vertimientos. Ese procedimiento permitiría establecer cuáles descargas están modificando la calidad del agua y en qué proporción.
Lo que sí puede afirmarse es que la apariencia actual coincide con un contexto oficial de degradación extrema y con antecedentes de contaminación por aguas residuales. Esa combinación exige respuestas técnicas y no solamente pronunciamientos institucionales.
Deforestación, ganadería y transformación del suelo
Las aguas residuales no constituyen la única amenaza. El diagnóstico de Corpocesar incluye la deforestación y los cambios en el uso del suelo entre los factores que presionan al río.
Cuando desaparecen los bosques protectores, el suelo queda más expuesto a la lluvia y al viento. Entonces, los sedimentos terminan en quebradas y tributarios que desembocan en el cauce principal.
Asimismo, algunas actividades agrícolas y pecuarias pueden aportar nutrientes, materia orgánica y sustancias químicas. El propio plan del recurso hídrico reconoce la influencia de las descargas difusas y recomienda mejorar la información sobre las presiones relacionadas con cultivos, minería y ganadería.
A diferencia de una tubería identificable, la contaminación difusa proviene de múltiples puntos. Por esa razón, controlarla exige ordenamiento territorial, protección de rondas hídricas, restauración vegetal y mejores prácticas productivas.
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El daño puede llegar hasta Zapatosa
La situación del río Cesar está directamente ligada a la salud de la Ciénaga de Zapatosa. El agua, los sedimentos y los contaminantes que avanzan por la cuenca terminan ejerciendo presión sobre ese complejo cenagoso.

Corpocesar reconoce esa conexión y ha pedido una agenda conjunta entre autoridades, academia, comunidades y Gobierno nacional. La entidad sostiene que la recuperación todavía resulta posible, pero requiere acciones coordinadas y sostenidas durante varios años.
El reto consiste en evitar que la crisis se traslade de un tramo a otro. Limpiar únicamente un punto visible no resolverá el problema si continúan los vertimientos, la erosión y la pérdida de vegetación aguas arriba.
Un río con muchos diagnósticos y pocas certezas actuales
El estado del río Cesar puede resumirse como crítico y sometido a múltiples presiones. Existen evidencias recientes de deterioro visible, un diagnóstico oficial de degradación severa y antecedentes técnicos que documentan problemas de calidad del agua.
Sin embargo, también persiste una falta de información pública actualizada y fácil de consultar. La ciudadanía necesita conocer con regularidad los resultados de los muestreos, las cargas contaminantes, los niveles de oxígeno, la presencia de microorganismos y el desempeño real de los sistemas de tratamiento.
Un verdadero proceso de recuperación deberá comenzar con transparencia. No basta con anunciar campañas de restauración. También se necesita identificar quién contamina, cuánto vierte, qué sanciones recibe y cuáles obras cumplen realmente su propósito.

El río Cesar todavía mantiene su curso, pero su capacidad de resistir no es infinita. Su recuperación dependerá de que las instituciones transformen los diagnósticos en decisiones y de que la sociedad comprenda que el cauce no termina en Valledupar: continúa hasta Zapatosa y forma parte de un sistema que sostiene buena parte de la vida ambiental y económica del departamento.
Este primer capítulo deja una conclusión clara: el río Cesar no está muerto, pero presenta señales suficientes para exigir una intervención urgente, medible y de largo plazo.
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