La salud de Náfer Durán mantiene en expectativa al mundo vallenato. El Rey Vallenato de 1976 permanece bajo atención médica especializada en Valledupar, mientras familiares, músicos y seguidores elevan mensajes de fortaleza por la recuperación de uno de los últimos grandes juglares del folclor tradicional.
A sus 93 años, el acordeonero atraviesa uno de los momentos más difíciles de su vida. Sin embargo, su historia permite entender por qué el acordeón representa mucho más que un instrumento: ha sido su compañero, su sustento y la voz con la que convirtió sus recuerdos en canciones.
¿Qué se sabe de la salud de Náfer Durán?
Según la última información pública entregada por su hijo, el compositor Luis Durán Escorcia, el maestro ingresó a un centro asistencial el 5 de julio por dificultades cardíacas. Posteriormente, recibió atención en la Unidad de Cuidados Intensivos de la Clínica de Alta Complejidad de Valledupar.
Los reportes conocidos también mencionaron una acumulación de líquido en los pulmones. El equipo médico mantiene vigilancia sobre su condición y le brinda tratamiento especializado. Hasta la última información consultada, la clínica no había divulgado un parte detallado sobre su evolución.
La familia ha pedido prudencia frente a las versiones que circulan. Además, agradeció las manifestaciones de cariño que han llegado desde distintos lugares del país.
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El acordeón ha marcado cada etapa de su vida
Náfer Santiago Durán Díaz nació en El Paso, Cesar, el 26 de diciembre de 1932. Desde niño encontró en el acordeón una forma de expresarse y de conservar las historias que escuchaba en su familia y en los pueblos del Caribe.
A los siete años comenzó a relacionarse con el instrumento que definiría su destino. Con el paso del tiempo, desarrolló un estilo propio, reconocido por la fuerza de sus bajos y el uso de tonalidades menores.
En enero de 2026, cuando habló sobre su relación con la música, dejó una frase que hoy adquiere un significado especial: “Dejar de tocar mi acordeón es morir en vida”. Para Náfer, el fuelle acompaña los latidos de su corazón y guarda buena parte de sus recuerdos.
Su apego al instrumento nunca dependió de los escenarios ni de los reconocimientos. Incluso en la tranquilidad de su casa en El Paso, el acordeón siguió cerca de sus manos.
Una corona que hizo historia en el vallenato
El nombre de Náfer Durán quedó inscrito en la historia del Festival de la Leyenda Vallenata en 1976. Ese año obtuvo la corona de Rey Vallenato Profesional con una presentación que confirmó su dominio de los cuatro aires tradicionales.
En la competencia interpretó el paseo El estanquillo, el merengue Teresita, la puya Déjala vení y el son Los Altos del Rosario. Las tres primeras composiciones eran de su autoría, mientras que la última pertenecía a su hermano Alejo Durán.
Siete años después regresó al Festival con la intención de conquistar otra corona. Sin embargo, el jurado lo declaró fuera de concurso por su nivel interpretativo. Entre quienes evaluaron aquella participación estuvieron Gabriel García Márquez y Leandro Díaz.
Náfer asumió aquella decisión como otro reconocimiento a su trayectoria. Desde entonces, su figura quedó asociada a una escuela musical basada en la autenticidad y el respeto por las raíces.
El acordeón que acompañó el comienzo de Diomedes
Otro capítulo fundamental de su carrera ocurrió en 1976, cuando grabó junto a Diomedes Díaz el álbum Herencia Vallenata. Esa producción representó el debut discográfico del cantante nacido en La Junta.
El trabajo unió la voz de un joven que comenzaba su camino con la experiencia de un acordeonero que ya dominaba los secretos del vallenato. Aquella grabación vinculó para siempre a Náfer con el inicio de una de las carreras más influyentes del género.
Sin embargo, su legado no se limita a esa producción. También compuso decenas de canciones inspiradas en el amor, las costumbres de los pueblos y los episodios que marcaron su vida.
‘Sin ti’, una canción nacida de la distancia
Entre sus obras más recordadas aparece Sin ti, dedicada a Rosibel Escorcia Mure. Náfer compuso la canción durante una ausencia prolongada, cuando se encontraba en Mompox y no podía comunicarse con ella.
Al regresar, llegó hasta la ventana de la casa y le interpretó el canto. Rosibel escuchó la canción y después le comunicó que esperaba una hija. Desde entonces, la composición quedó ligada a una de las historias afectivas más importantes del juglar.
El tema resume buena parte de su manera de componer. Náfer convirtió la tristeza y la distancia en versos sencillos, pero cargados de sentimiento.

El folclor espera una evolución favorable
La hospitalización del maestro provocó cadenas de oración y numerosos mensajes de apoyo. Artistas, compositores, gestores culturales y amantes del vallenato expresaron su deseo de volver a verlo junto a su familia y con el acordeón sobre el pecho.
Mientras continúa bajo atención médica, su obra vuelve a ocupar un lugar central en la memoria de los seguidores del género. Cada paseo, son, merengue y puya recuerda que Náfer Durán no solo interpretó el vallenato: ayudó a darle identidad.
Su acordeón permanece como símbolo de una vida construida entre notas, caminos y relatos. Hoy, cuando el país pide por su recuperación, el mismo instrumento que acompañó sus alegrías también representa la esperanza de escucharlo nuevamente.
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