En el campo del Cesar no se habla en cifras macroeconómicas. Se habla en cosechas, en lluvias que llegan o se retrasan, en el precio del fertilizante y en el valor al que finalmente se vende el producto. Allí, lejos del ruido urbano, se libra una discusión crucial: la seguridad alimentaria y el respaldo real al pequeño productor.

El Cesar es reconocido por su potencial agrícola y ganadero. Sin embargo, quienes producen alimentos a pequeña escala enfrentan hoy una combinación compleja: aumento en los costos de insumos, variabilidad climática y dificultades para comercializar sin intermediarios.
El alza en fertilizantes, semillas certificadas y transporte ha reducido los márgenes de ganancia. Muchos campesinos trabajan prácticamente al punto de equilibrio. Si el clima falla o el precio baja inesperadamente, la pérdida es inmediata. No se trata de falta de voluntad, se trata de vulnerabilidad estructural.
Las temporadas de sequía prolongada, alternadas con lluvias intensas, han afectado ciclos productivos tradicionales. Sin sistemas de riego tecnificados ni infraestructura suficiente de almacenamiento de agua, el agricultor depende en exceso de condiciones naturales impredecibles.
En este contexto, hablar de seguridad alimentaria no es solo referirse a tener comida disponible. Es hablar de estabilidad productiva. Un territorio no puede garantizar abastecimiento constante si su base campesina trabaja en condiciones precarias.
Uno de los reclamos más frecuentes del pequeño productor es la cadena de comercialización. Entre el precio que recibe el agricultor y el que paga el consumidor final existe una diferencia considerable.
La falta de centros de acopio eficientes, transformación local y canales directos de venta limita la rentabilidad. Los mercados campesinos han surgido como alternativa, pero aún no alcanzan escala suficiente para transformar la dinámica regional.
Existen iniciativas de asistencia técnica, créditos rurales y compras públicas locales. Son pasos en la dirección correcta. Sin embargo, productores consultados coinciden en que los procesos suelen ser lentos. La clave está en fortalecer los existentes, simplificar el acceso y garantizar seguimiento técnico permanente.
Fortalecer al campesino no es solo una medida social, es una estrategia económica inteligente. Diversificar la producción, impulsar la agroindustria local y promover asociaciones campesinas puede generar empleo, reducir pobreza rural y mejorar el abastecimiento interno